"La eucaristía, ¿un sacramento subversivo o cómplice?"

 

Joaquín Sánchez

En nuestro contexto habitual, no siempre, solemos decir que vamos a la misa como un acto tradicional, que no provoca impacto en nuestras vidas y que forma parte sin mucha trascendencia de nuestra existencia como otras tantas cosas. El ir a misa forma parte de nuestras costumbres y nos permite encontrarnos con gente conocida y romper con frecuencia nuestras soledades, sobre todo, de las personas mayores, que son las que suelen asistir. Los jóvenes son los grandes ausentes y hay una expresión que genera una gran preocupación: “las iglesias se están quedando vacías”. Los templos se llenan cuando hay fiestas patronales, cuando hay un entierro, una misa de difunto, una boda, celebraciones de primera comunión, de confirmación…

 

 

Ante la pregunta de si la eucaristía es un sacramento subversivo respondo que sí, porque lo que se celebra y se vive en las celebraciones eucarísticas entran en conflicto frontal con lo que se vive en nuestras sociedades, con lo que se vive en todos los ámbitos como son la política, la economía, las relaciones personales, entre países, con el medio ambiente etc.

 

La eucaristía es un sacramento subversivo porque subvierte todo el orden social, le da la vuelta y lo tenemos en el ejemplo de los últimos serán los primeros o quien quiera ser el primero que sea un servidor de los hermanos.

 

 

Traigo a colación el pasaje bíblico de Mateo 20, 24-28: “…Los otros diez, que lo habían oído, se indignaron contras los dos hermanos. Pero Jesús, reuniéndolos, les dijo: Sabéis que los jefes de los pueblos los tiranizan y que los grandes los oprimen. No será así entre vosotros; el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Igual que el Hijo del Hombre no ha venido para que te sirvan, sino para dar su vida en rescate de todos”.

Vamos a ir viendo elementos de la eucaristía que entran en colisión con los pilares deshumanizadores de la sociedad que ha hecho del dinero el único Dios, que ha sido idolotrado de una manera absolutista.

Lo primero que hay que expresar es que es una comunidad abierta, acogedora, hospitalaria, que no pone barreras ni fronteras ni discrimina ni establece prejuicios. Es una comunidad que celebra en un espacio definido, con un grupo de personas, pero abierto a lo universal, por tanto, rechaza cualquier expresión de racismo, de xenofobia, de clasismo o de rechazo al pobre. Es una comunidad que empatiza.

 

Es una celebración que empieza con el perdón, con la reconciliación de los presentes, que reconocen sus pecados, sus equivocaciones y contradicciones. El perdón y la reconciliación que exige sencillez y valor frente a una sociedad donde se alienta la soberbia, la prepotencia, el orgullo y el desprecio al otro. Es una celebración donde se renuncia al egoísmo y al narcisismo; es una celebración donde revisamos nuestras vidas a la luz de las exigencias evangélicas de vivir cada día la justicia, la libertad, la fraternidad, la opción por los empobrecidos, la paz. También pedimos perdón por nuestra indiferencia, la omisión, ante el sufrimiento humano; pedimos perdón por nuestras complicidades e injusticias, haciendo un acto de conversión, de cambio personal.

 

 

Leemos los textos bíblicos que identifican el amor a Dios con el amor al prójimo. En el evangelio de Juan tilda de mentiroso a aquel creyente que dice que ama a Dios, pero, no ama al prójimo. Tenemos el pasaje de Mateo, el juicio a las naciones, que ante la pregunta de: “Señor ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos emigrante y te acogimos o desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? Y el rey les dirá: “Les aseguro que cuando lo hicieron con uno de estos mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicieron”.

 

Y, todo esto coge su mayor fuerza cuando se consagra el pan y el vino, que son fruto del trabajo de los hombres y mujeres, que en muchas ocasiones se hacen en condiciones de explotación y opresión, y se convierte en el cuerpo y la sangre de Jesús como memorial vivo, para seguir siendo buena noticia para los empobrecidos, para dar la libertad a los cautivos y para despertar nuestra sensibilidad y conciencia para construir un horizonte distinto, un horizonte rebosante de humanidad, de vida y vida en abundancia.

 

Nos acordamos de todos las persona fallecidas, porque toda las personas importan, en un mundo donde hay millones de personas que no importan, que sus vidas y sus muertes no tienen ningún valor, silenciándose y pasando al inmenso imperio de olvido. Nos importan las vidas de los que huyen de las guerras y del hambre que mueren en ese éxodo, de los que mueren ahogados en el mar buscando un mundo que los aleje del horror y del terror de su tierra. Nos importa las vidas de los que mueren por el hambre, la sed, por los que son asesinados y desaparecidos, por los que mueren en los trabajos, por las mujeres víctimas de la violencia machista y así podríamos seguir nombrando a esas personas que el sistema descarta, elimina, pero, que para Dios son sus preferidos.

 

Por último, uno el signo de la paz con el pan partido, compartido y repartido en un mundo donde las grandes potencias y sus grandes multinacionales saquean el mundo entero, utilizando la corrupción, la violencia y las guerras. Vivimos en un sistema que hace de la codicia, de la avaricia la máxima de las élites sociales, económicas y financiera. La eucaristía es expresión de la paz personal y entre los pueblos; quiere ser expresión y compromiso con la paz mundial y para ello es necesario partir, compartir y repartir el pan eucaristía, que tiene también manifestación y compromiso en danos el pan nuestro de cada día, ese pan que nos arrebatan las clases dominantes y que nos condena al hambre y a la muerte.

 

 

La Eucaristía ¿es un sacramento subversivo? Sí, porque lo que expresa y lo que se debe vivir es el amor para los enfermos, lo pequeños, los pecadores y los pobres, es la ternura que no nos deja indiferentes ante el sufrimiento humano, es el compartir, la denuncia profética, la construcción de un mundo totalmente diferente al que estamos viviendo, un mundo que destruye la vida, la naturaleza y la dignidad. La eucaristía es un sacramento que subvierte el orden establecido, cambiando la idolatría del dinero, de este sistema que mata, por el amor al prójimo, que es el único camino para llegar a Dios.

 

La pregunta que nos podemos hacer, entre otras es: ¿cómo personajes como Francisco Franco o Pinochet eran de comunión diaria? Tal vez porque desde determinados sectores hayan pervertido el significado de la eucaristía y la hayan convertido en un sacramento legitimador de la indiferencia, de la inhumanidad y del terror.