"Preguntas y respuestas. Evangelios apócrifos dignos de consideración. Evangelio de Tomás gnóstico"

 

Antonio Piñero

 

Además de los 4 evangelios canónicos ¿Hay alguno más que deberíamos considerar como el evangelio de María Magdalena o Tomás Gnóstico por ejemplo? El “Jesus Seminar” asegura que el núcleo del evangelio de Tomas es nada más y nada menos que contemporáneo de Jesús. ¿Cuál sería ese núcleo? ¿Tendría entonces más valía que los 4 canónicos? ¿Por qué no han considerado entonces al evangelio de Tomas como el primer y más valioso evangelio?

 

Pregunta interesante, pero tan amplia que exige todo un artículo científico para responder. Diré solo lo esencial.

 

Ciertamente, para algunos estudiosos de ámbito norteamericano (sobre todo, Helmut Koester, Jean D. Crossan y otros del denominado “Jesus Seminar”) el Evangelio de Tomás, el Papiro Egerton 2 y el de Evangelio de Pedro representarían, en su núcleo más íntimo, eliminadas algunas acrecencias posteriores, una tradición tan venerable y antigua como la de los evangelios Sinópticos. Pero yo no estoy nada seguro de que esta hipótesis sea cierta.

 

Los argumentos del Jesus Seminar son muy sesgados y si lo tomamos como criterio de autoridad (“Oh… El Jesus Seminar!!), la inmensa mayoría de los estudiosos que conozco defienden una posición contraria. Y la razón: no hay argumentos contundentes de que el Evangelio de Tomás dependa de los Evangelios canónicos, ni al revés. Duda perpetua, y no podemos hace Dios una duda perpetua y sin consenso (más bien casi consenso al revés) el abanderado de los evangelios y basar en él nuestra reconstrucción del Jesús histórico. ¡De ningún modo! Porque en todo caso presenta un Jesús meramente “maestro de sabiduría y prescinde otros aspectos del Jesús histórico:

 

1.     Profeta profundamente apocalíptico, mensajero y proclamador de la venida del reino de Dios

2.     El aspecto y consecuencias políticas del mensaje de Jesús = despolitización de Jesús.

3.     Desjudaización de Jesús: el Evangelio de Tomás presenta a un Jesús que coincide en gran parte con la teología del gnosticismo de los siglos II y III d. C., lo cual no casa nada bien con la vida acciones y pensamiento de un judío campesino del siglo I en Israel

4.     No explica por qué un Jesús tan manso y gnóstico es ajus3ticiado por los romanos como un sedicioso político contra el Imperio.

 

Y lo mismo, o cosas peores puedo decir de otros evangelios, como el de María (a propósito todos están editados con notas aclaratorias en el segundo volumen de la “Biblioteca de Nag Hammadi. Textos gnósticos, vol. II; 5ª  edición de 2019, en Editorial Trotta de Madrid, editado por mí (editor, pero no precisamente el autor de la traducción de ese evangelio, sino de otros). Le copio mi juicio concreto sobre este tema en mi obra “El Jesús que yo conozco” (editorial Adaliz, Sevilla):

 

“Es legítimo preguntarse si el conjunto de los evangelios apócrifos añade o no algún punto de vista o idea substancial  al conocimiento que podemos obtener de Jesús a través de los evangelios canónicos. La respuesta habrá de ser también matizada, y en ella entrará en juego la cronología. ¿No habrá historias aisladas sobre Jesús que puedan ser también auténticas?

 

Teóricamente es posible, pero debe probarse en cada caso. En general, reina entre los investigadores del Nuevo Testamento un escepticismo notable en todo tipo de crítica, confesional o independiente, sobre la posibilidad de conseguir datos de los evangelios apócrifos para reconstruir con más riqueza la vida de Jesús. Existe, sin embargo, una tesis, propuesta por Helmut Köster y otros del llamado “Jesus Seminar”, que cité antes, que afirma que algunos evangelios apócrifos son tan antiguos que podrían ayudar a enriquecer los datos sobre Jesús, o al menos lo que sobre él pensaron gentes cercanas, cronológicamente, a los autores de las obras canónicas.

 

”La tesis de J. D. Crossan —que pertenece al “Jesus Seminar”, en su obra traducida al castellano, Jesús. Vida de un campesino judío, Crítica, Barcelona, 1994— es para mí muy inverosímil. Tal como han llegado hasta nosotros los evangelios que esgrimen este y otros investigadores, a saber, el Evangelio copto de Tomás, el Evangelio de Pedro, y el Evangelio secreto de Marcos, son productos secundarios, es decir, muestran claras influencias de los evangelios canónicos; son, por tanto, tardíos, y expresan una teología que se corresponde más al siglo II que a una fuente sobre Jesús anterior al año 60. Su método de separar lo antiguo de lo moderno en estos textos es sumamente arriesgado y, a veces, arbitrario, a mi parecer.

 

“Otra cosa muy distinta es el valor de los evangelios apócrifos como reconstrucción de la variada teología del s. II. Escudriñando las ideas de cada autor de los más antiguos evangelios apócrifos, es posible señalar “grosso modo”, el emplazamiento teológico de cada uno de ellos dentro del variado mosaico de la teología popular del s. II, así como una posible evolución. Esta perspectiva sería tanto mejor si pudiéramos demostrar, cosa difícil, que algunos de estos escritos proceden de finales del s. I. La historia teológica del cristianismo primitivo se enriquecería aún más, y el rico abanico de la variedad de sus ideas se nos presentaría aún más colorista y complejo. La literatura apócrifa representa la posibilidad de contacto directo con ideas, conceptos e ideales teológicos que sin ella nos serían desconocidos. Son importantes, por tanto, para la historia de las ideas religiosas y, en particular,  del dogma cristiano.

 

”Este juicio matizado puede considerarse hoy día casi como moneda común entre los historiadores de la Iglesia. Por tanto, las opiniones o teorías de muchas personas hoy sobre el posible enmascaramiento de la Iglesia de una “imagen oculta” de Jesús (quizás, se opina, su verdadera imagen) procurando guardar celosamente o escamoteando a los ojos del público ciertas fuentes apócrifas antiguas de presunto gran valor para abrirnos las puertas hacia esa imagen auténtica de un Jesús desconocido, nos parece totalmente errónea y absurda. Frente a este interés se debe insister, ante todo, en el argumento de la cronología, en la importancia de tener en cuenta la fecha de composición de los apócrifos. Solo este dato coloca de inmediato a estas obras en el rango de la literatura de ficción, de la leyenda y de la fantasía, a la vez que arroja luz sobre el valor y trascendencia de esos evangelios apócrifos: en verdad, casi solo valen para la historia de la teología, pero no para desvelar auténticos secretos de la vida de Jesús o de los orígenes del cristianismo.

 

”Hay que pensar, más bien, que el proceso de lucha a muerte de la Iglesia contra los evangelios apócrifos tuvo lugar en los primeros siglos (II al VI) como una batalla sorda entre la creciente “ortodoxia” y la variedad de la “heterodoxia”. La canonización de unos escritos, la firme constitución de un “Nuevo Testamento” tuvo notables efectos morales y psicológicos en la progresiva aniquilación y proscripción de los apócrifo, que continuaban siendo leídos por los que estaban cada vez más marcados como herejes. Esta lucha intestina del cristianismo de aquellas centurias nos explica sobradamente el que hoy nos queden solo restos de esta literatura apócrifa” (Páginas 308—310)