"Nadie duda hoy de que el milagro de Rutilio fue la conversión de San Romero"

 

Javier Sánchez

El pueblo de El Salvador y toda la iglesia salvadoreña se disponen a celebrar un nuevo acontecimiento muy especial: la beatificación de tres personas que han supuesto para la historia reciente de este pueblo algo muy especial. Han supuesto la ejemplificación de lo que es la vida y el proyecto de lo que Jesús de Nazaret llamó “El Reino de Dios”.

Un proyecto que supone reconocer lo que rezamos cada día todos los cristianos en el Padrenuestro “que Dios nos quiere a todos, porque todos somos sus hijos, que todos nos merecemos lo mismo y que Dios quiere que TODOS seamos felices”. Ese proyecto fue por el que estas tres personas, el Padre Rutilio, el campesino Manuel y el joven Nelson Rutilio dieron la vida. En la raíz de su martirio por tanto, está el convencimiento personal de un Dios Padre-Madre que vela por sus hijos, y que solo quiere que todos vivamos felices cada día.

 

La fe de ellos en el Dios de la vida, es sin duda la fe en el Dios de la justicia, en el Dios que desde sentirnos hijos e hijas nos llama en cada momento de la historia a crear fraternidad. En palabras del también mártir jesuita Ignacio Ellacuría, “al padre Tilo lo mataron por hacer lo que hizo Jesús de Nazaret y por hacerlo como El lo hacía. Un hombre de paz que rechazaba toda forma de iolencia; un seguidor de Jesús, que estaba decidido a juntar el anuncio de la fe con la promoción de la justicia, que estaba comprometido a ser voz de los que no tienen voz”.

 

     Estas palabras, precisamente en boca del también asesinado Ellacuría, cobran hoy y siempre una especial actualidad: al Padre Tilo, como se le conocía popularmente, no lo mataron por defender un dogma de fe, sino por llevar a la fe a la vida desde la promoción de la justicia, por defender que la fe o es vida o es una pura ideología. La justicia de la que hablaba el Padre Grande es la justicia de creer que Dios no quiere la miseria de ninguno de sus hijos, una justicia que llevaba a una liberación integral del ser humano. La fe mueve montañas, que dice el Evangelio, pero solo las mueve cuando nos lleva al compromiso por el necesitado, por el que está al borde del camino.

 

“Dichosos los pobres, y ay de vosotros los ricos”, que nos recuerda el evangelio de San Lucas. Rutilio ponía en comunión a los campesinos con el mismo Dios, como lo hizo también después Monseñor Romero y los mártires de la UCA. No hablaba de una fe muerta, no hablaba de un “opio del pueblo”, sino de una fe que llevaba a una esperanza activa.

 

Esperanza que le llevó a crear diferentes comunidades populares, que precisamente porque leían, meditaban y rezaban el evangelio desde la vida, no podían permitir que el país salvadoreño se desangrara en la cruel injusticia a que estaba sometido. Era el mismo clamor que leemos en el relato del Éxodo, en la zarza ardiente de Moisés, el que llega al Padre Grande y que le da fuerza para anunciar y liberar al pueblo. 

 

Pero los poderosos no quisieron entender esto, y por eso decidieron darle muerte, decidieron matar su cuerpo, aunque su vida continuaba y continua presente en el pueblo. Es normal que los que tienen poder en cualquier parte del mundo y en cualquier época, se sientan amenazados por personas como Rutilio Grande: el anuncio de una justicia social para todos y un proyecto diferente de vida, El Reino de Dios, precisamente desde la entraña misma del evangelio, les acusa y les juzga, igual que se sintieron juzgados los sumos sacerdotes y los poderes religiosos y civiles en tiempos del mártir Jesús de Nazaret. 

 

Manuel y Nelson Rutilio escucharon el evangelio, a través del altavoz que supuso la vida del Padre Grande, y por eso corrieron su misma suerte. Estaban convencidos de que el Dios del Evangelio quiere a todos sus hijos por igual y eso les llevó al martirio, a dar la vida por defender lo que pedimos y hacemos nuestro en cada padrenuestro que rezamos los cristianos. 

 

     El 22 de febrero de 1977 es nombrado arzobispo de San Salvador Oscar Romero, y 18 días después, el 12 de marzo de 1977 son asesinados a balazos el Padre Rutilio Grande, Manuel Solórzano y Nelson Rutilio. Y ante el cadáver de su amigo personal, del campesino y del joven, el recién nombrado arzobispo sufre un cambio espectacular de actuación, precisamente porque llega a entender en aquellos cuerpos sin vida que la causa de ellos es la misma que la de Jesús de Nazaret. Si a Rutilio, al campesino y al joven los han matado por seguir a Jesús, es que ellos tienen razón, es que su vida es como la de Jesús, “cuerpo entregado y sangre derramada por la vida de muchos”.

 

Nadie duda hoy de que el milagro de Rutilio fue la conversión de San Romero, que si bien estuvo siempre cerca de los más necesitados quizás necesitaba otro empuje mayor para que se llegara a producir ese cambio en su vida: lo que decía y sobre todo vivía su amigo jesuita era la verdad, y que justamente porque a los poderosos no les gustaba, porque su vida estorbaba como la de Jesús de Nazaret, por eso lo asesinaron. Romero descubrió, ante el cadáver de los tres futuros beatos, que el pueblo estaba sufriendo, y que ese pueblo lo necesitaba a él como defensa, como su portavoz: desde el Rutilio asesinado, San Romero descubre quizás el sentido más profundo de su misión como pastor. Pero Romero no se convierte de su pecado, como tradicionalmente pensamos que es toda conversión, San Romero se convierte a su pueblo, a su “pobrerío”, porque interpreta que a él se debe como cristiano y como pastor. 

 

     Han pasado casi 45 años de aquello y la Iglesia reconoce de modo oficial lo que ellos han supuesto para la vida del pueblo salvadoreño. Un pueblo que continúa sufriendo la injusticia, la violencia y el enfrentamiento social. Un pueblo que sigue necesitando de pastores como Rutilio y como Monseñor Romero. Un pueblo que continua experimentando que desde la lectura y meditación de la Palabra de Dios no puede quedarse con los brazos cruzados, viendo como la injusticia permanece. Las comunidades de base fundadas en Aguilares y fomentadas después por Romero, continúan vivas en muchos rincones y cantones de país.

 

En muchas casas de campesinos y campesinas se siguen reuniendo para leer esa palabra y para desde ahí sacar la fuerza necesaria de lucha en favor de un nuevo orden salvadoreño. En Aguilares, en Apopa, en Arcatao, en San José de las Flores, en Nueva Trinidad, en Carasque, en Chalatenango y en parroquias de San Salvador como María Madre de los pobres, de San Salvador se continúa llevando a la vida el mensaje liberador del Evangelio, y siguen siendo muchos los que se exponen a un nuevo martirio, porque lo cierto es que la persecución y la injusticia aún permanecen en este pequeño país centroamericano. 

 

     “Vamos todos al banquete, a la mesa de la creación, cada cual con su taburete, tiene un puesto y una misión”, es el canto de entrada de la misa salvadoreña, y es el sueño de fraternidad del que el Padre Grande hablaba; un sueño que supone que la “sociedad tiene que ser como una mesa grande, con manteles largos para todos, donde para todos haya comida y donde todos nos podamos sentar alrededor de ella, sin ningún tipo de distinción, sino desde el sentir la igualdad que nos da el sabernos hijos e hijas de Dios”.

 

    El 22 de enero de 2022 el pueblo salvadoreño, auténtico protagonista de todo, se vestirá de nuevo de gala para celebrar la vida de sus mártires, se vestirá de evangelio y de esperanza. Pero los poderosos de este país se niegan hoy como entonces a reconocer que el pueblo es el único protagonista en la historia salvadoreña, y que solo él se merece todo reconocimiento. El pueblo hoy sigue asfixiado por unos políticos que solo quieren dinero y poder a consta de someter a ese pueblo a sus propios intereses. La corrupción, la dictadura, y la injusticia sigue imperando hoy en El Salvador, a través de sus dirigentes y son ellos mismo los que lo siguen ahogando y se niegan a reconocer sus derechos, como lo han hecho recientemente en su negativa a conmemorar y  celebrar los acuerdos de paz, el pasado 16 de enero. En El Salvador hoy se sigue negando el derecho a defender la vida para todos y se sigue persiguiendo a la misa Iglesia que defendía y defiende esos derechos.

 

Se sigue diciendo que los sacerdotes y el pueblo cristiano no tiene que meterse en política porque para ellos la defensa de los derechos sigue siendo hacer política. Así sucedía hace unos días, cuando el sacerdote jesuita, Miguel Vasquez, párroco en Arcatao, en el departamento de Chalatenango, comprometido con la realidad de sus comunidades y cantones, ha tenido que abandonar el pueblo acusado “de ser más político que pastor”. Miguel, heredero de la fe evangélica de Romero, de Rutilio y de los mártires salvadoreños solo estaba haciendo lo que hacía Jesús en el Evangelio: “anunciar la buena noticia a los pobres, proclamar la liberación a los cautivos, dar vista a los ciegos, liberar a los oprimidos y proclamar un año de Gracia del  Señor” (Lc 4, 18-19). Se lo han llevado porque estorbaba, porque defendía que hoy, en El Salvador, se siguen sin respetar los derechos humanos y se sigue defendiendo la injusticia, oprimiendo al pueblo.

 

     Sobran quizás las palabras, y es necesario pasar a los hechos, porque la vida tiene que ser siempre el aval de todo ser humano. Lo que celebramos el 22 de enero es la vida de estas tres personas que literalmente “se la han jugado por el evangelio”, y por eso su vida ha dado y sigue dando fruto. El grano de trigo, caído en tierra, ha muerto y ha dado mucho fruto, y en contra de lo que querían y quieren los poderosos, sigue dando fruto en centenares de comunidades cristianas que siguen luchando por un futuro mejor y esperanzador para cada uno de ellos. En cada casa de cada campesino y campesina pobre salvadoreño se habla de Monseñor Romero, del padre Rutilio y de los mártires salvadoreños, y se habla de ellos porque “son su voz”, y porque son el acercamiento de la vida del mismo Jesús para cada uno de ellos. Esa vida, que la Iglesia va a considerar como modelo de actuación el dia 22 de enero, es la vida que ya ellos tienen como tal desde hace muchos años, porque el pueblo ya los ha canonizado y los hace estar vivos. La dictadura actual no puede impedir que el pueblo siga pensando y luchando de manera activa en pro de un futuro mejor para sus hijos. 

 

  Y junto a Rutilio, y a los dos compañeros de Aguilares, también se beatificará a Cosme Spessotto, franciscano asesinado el 14 de junio de 1980. Al estilo de Francisco de Asís dejó su país, Italia, y fue a El Salvador a anunciar el evangelio desde la pobreza y la entrega al pueblo, haciendo en su parroquia “lo que todos”, desde construirla físicamente hasta crear una comunidad que fuera capaz de ser fiel al Evangelio. 

 

  Día grande para el pueblo y la Iglesia salvadoreña, y en definitiva para toda la Iglesia universal, y especialmente día de esperanza para ella: el papa Francisco, de nuevo venciendo muchas dificultades dentro del propio seno de la Iglesia reconoce que solo se puede ser fiel al Evangelio desde el seguimiento efectivo y afectivo de Jesús de Nazaret. Al beatificar al Padre Rutilio, a Manuel Solorzano, a Nelson Rutilio y a Cosme Spessotto, reconoce que la Iglesia solo puede ser fiel al evangelio si está donde Jesús estuvo y estará siempre. Y reconoce que la fe no puede ser un mero dogma, una mera doctrina, sino que tiene que solo puede ser creíble cuando es vida, y vida entregada por los más injustamente tratados. Sin duda que nuestro papa Francisco se cree el mensaje de las bienaventuranzas y por eso lo está llevando a cabo en sus múltiples acciones, a favor de una iglesia encarnada y pobre, y luchando contra todas las dificultades. “Si me matan morirá un pastor, pero la Iglesia que es el pueblo vivirá para siempre” (Monseñor Romero)