Izquierda “Brahmánica” (o cómo el PSOE podría llamarse PSBE: Partido Socialista Burgués Español)

J.I. Gonzáez Faus

En su último libro, Capital e ideología, comenta Thomas Piketty un factor importante de nuestra historia económica. Los partidos considerados de izquierdas (socialistas, comunistas, laboristas o el demócrata de EEUU en los siglos XIX y XX) comenzaron teniendo su mayor número de votantes entre las clases más bajas. Al cabo de un tiempo esa mayoría de votantes pasó a estar entre los electores con más estudios. Parecía una evolución muy positiva; pero resultó que, poco a poco, esos partidos fueron abandonando sus reivindicaciones más sociales y aceptando el sistema capitalista. Piketty dice que se convirtieron en una izquierda “brahmánica”, con alusión a la riqueza e intolerancia de los brahmanes de la India.

Parece difícil negar que algo así ha sido también la trayectoria del PSOE. De ahí el cambio de siglas propuesto en el subtítulo (y conste que ya hace bastantes años propuse también leer sus siglas de este otro modo: Partido Secreto de las Organizaciones Empresariales). Veamos si no tres reflexiones.

1. Escala de valores. Hecho innegable es que las grandes demandas sociales (salud universal, vivienda universal, educación universal, salarios justos para todos…), que son las más urgentes y las más importantes[1], ocupan un lugar secundario en las luchas de ese partido. El esfuerzo mayor se lo llevan otras demandas que ya no son “sociales” en el sentido primero de la palabra (como cuando se hablaba de la todavía no resulta “cuestión social”) sino, en todo caso, “societarias”: porque son batallas internas de clases más acomodadas o bien instaladas en la sociedad; pero no tanto de las víctimas y los excluidos de ella. Son luchas civiles más que sociales: cadáver de Franco, aborto, eutanasia, lenguaje inclusivo, anticlericalismo, nacionalismos, pin parental…

No digo que esos no sean problemas. Lo son y hay que afrontarlos. Pero sí creo que son menos urgentes y menos importantes que las necesidades de las víctimas de nuestro sistema y, sobre todo, que no deben usarse para tranquilizar una presunta conciencia izquierdista y para creer que ellos solos ya garantizan un gobierno de progreso.

Piketty insiste además en que esa deformación de la izquierda en izquierda brahmánica es una de las causas de la actual crisis de la socialdemocracia, que le ha hecho perder buen número de votantes. A un lector de los evangelios, esa evolución puede evocarle las palabras de Jesús de Nazaret: no se puede meter vino nuevo en odres viejos, ni se pone un remiendo de paño nuevo en un tejido viejo, porque así no se hace más que dañar lo nuevo sin arreglar lo viejo (cf. Mc 2,21-22).

2. Excusas comprensibles. Y no es que no haya excusa para esa tibieza: tengo claro que en un sistema injusto (y además mundializado) quedan pocos márgenes para practicar la justicia. Lo que critico es que las izquierdas, en lugar de proclamar y criticar esa injusticia del sistema, acabaran aceptándolo. Y una vez aceptado, se prestó más atención a las demandas de quienes somos beneficiarios del sistema que a las de sus víctimas. Solo la amenaza ecológica se ha atrevido a proclamar claramente la injusticia del sistema y está moviendo a muchos a luchar por cambiarlo.

Aplaudo, por supuesto, la subida de ingresos para el trabajo. Pero ya veremos cómo reacciona el Capital que es quien manda aquí. Y si no, vean ustedes lo que pasa con la ley de reforma laboral cuya abolición plena se prometía en tiempos de campaña electoral y ahora, de repente, comienzan a aparecer los “matices” …

3. Lo que faltaba… Por si todo lo anterior fuera poco, hay otra lección de la historia que también tiene aplicación en esta desfiguración de la izquierda: he dicho a veces que a una causa buena se la perjudica más defendiéndola mal desde dentro que atacándola desde fuera: porque entonces se cae en ese nefasto fundamentalismo que ahora ha pasado del campo religioso (donde tanto daño hizo) al campo sociopolítico. Se puede perder así la otra virtud que, junto con el afán por la justicia social, debería ser característica de toda izquierda auténtica: la tolerancia y el respeto hacia el distinto y el adversario.

Porque hoy, si la izquierda se vuelve intolerante (“brahmánica” otra vez), contribuirá a fomentar el actual clima de crispación, y de convicción de que yo tengo toda la verdad y el de enfrente (que ahora ya no es adversario sino enemigo) no tiene más que la mentira total: con lo cual, a mí no me cabe crítica alguna y al “enemigo” no se le debe conceder nada. Así hemos llegado a esta hora histórica tan agresiva como maleducada.

Marx ya dijo que él no criticaba a los capitalistas como personas, sino como exponentes de un sistema injusto. Hoy, como todos hemos aceptado el sistema, nos vemos impelidos a criticar a los rivales como personas y, con ello, buscamos siempre solo la victoria y nunca el acuerdo. Pero una verdadera izquierda nunca diría (como oí por la radio el pasado lunes) que “el señor Abascal no tiene formación, ni información ni educación” y que le llamaba señor porque ella sí que es educada… He aquí una nueva forma de fundamentalismo que desautoriza la causa que defiende.

Así llegamos a esa extraña afirmación de nuestra vicepresidenta: “los hijos no son de ninguna manera propiedad de sus padres”. Las palabras subrayadas son una barbaridad que daña a la causa que quiere defender. Casi obligan a su autora a dirigirse otra vez a la Real Academia de la Lengua para pedir que se corrija la expresión “mis hijos” y que solo se pueda decir “los hijos” (e hijas, por supuesto).

Pues no: los hijos son una propiedad de la que los padres han de saber irse desprendiendo poco a poco, hasta llegar a darles la plena libertad. Y algo parecido hay que decir de la sociedad (no del estado) que, analógicamente, es también como una madre que ha de ir preparando a sus hijos para que lleguen a la auténtica libertad adulta. Y ha de hacerlo sacando de ellos (o educiendo = educando) lo mejor que tienen, para que lleguen al mejor desarrollo posible de su ser personal.

Será fácil tratar de refutarme diciendo que estoy defendiendo al señor Abascal. Pues no: si se trataba de refutar al señor Abascal era mucho más sencillo y más eficaz mostrar que los videos que presenta Vox en favor de su presunta “corrupción de menores” son totalmente falsos, o mostrar lo que se hace en otros países, en vez de decirle que sus hijos no son “de ninguna manera” suyos…. Porque eso es una manera de darle razón sin querer.

Insisto en este punto porque creo que esta hora histórica tan crispada, y que ha convertido los insultos en argumentos, reclama un esfuerzo serio de “respeto al enemigo” (ya que no somos capaces de amarlo, como pide el evangelio de Jesús). Si convertimos la política en una pelea barriobajera, acabaremos despolitizando a la ciudadanía, que es una de las cosas que más busca el sistema. Como contaba St. Zweig, las grandes guerras nunca han nacido de golpe y hasta poco antes de estallar parecían imposibles. Pero el lento proceso de corrupción de nuestro respeto a lo humano, acaba haciendo que un día estallen y sigan sacando lo peor de todos nosotros.

4. En resumen: hoy la izquierda está llamada a ser, además de radicalmente socialista, profundamente tolerante. Muy difícil, por supuesto, porque todos tendemos a lo más fácil. Pero es la única manera de hacer un verdadero servicio a nuestra historia humana.

Y estas pobres líneas quisieran advertir más que criticar. Porque los afectados oirán muchas más voces y gritos en dirección contraria.

***

[1] Véanse si no estas palabras del mismo Piketty: “Una sociedad justa deber basarse en una lógica de acceso universal a los bienes fundamentales de la salud, la educación, el empleo, las relaciones salariales…“ (p. 1168).