OPINIÓN

Cumbre antipederastia

El pasado domingo, 24 de febrero, al regresar a casa por la noche, encontré que unos cuantos amigos me habían escrito diferentes comentarios sobre la llamada cumbre antipederastia o antiabusos eclesiales. Gracias a ellos percibí que la información a la que habían tenido acceso les había dejado perplejos -cuando no indignados- por lo que allí, supuestamente, se había dicho y no hecho. De entre todos, hay dos que me siguen pareciendo particularmente significativos. Según el primero, el papa habría cometido un gran error culpando a Satanás de la pederastia, tal y como había oído en una radio de alcance estatal. 

 

“¡Qué decepción! ¡Qué antiguo! ¡Cuánta caspa! -se desahogó- ¡Pobres infantes! ¡Pobres padres!” Y concluyó: “para este viaje no hacían falta tantas alforjas”. “La cúpula de la Iglesia es el ‘instrumento de Satanás’”! Mi respuesta fue, de momento, el silencio. Había estado fuera todo el día y no tenía información fiable que facilitarle ni comentario que hacer. Solo me quedaba saber qué había pasado o, mejor dicho, qué había dicho Francisco ese domingo en el discurso de cierre del encuentro episcopal.

 

Un poco más tarde recibí la segunda reacción de otro buen amigo, igualmente indignado: “¡Vaya tomadura de pelo la cumbre de prelados en el Vaticano sobre la pederastia! ¡Una vergüenza!”

 

Confieso que, a partir de ese momento, me quedé preocupado. Era cierto que no había seguido el final del encuentro episcopal con el detalle requerido y, conociendo la ecuanimidad de estas dos personas, me sorprendía su reacción indignada. Algo “gordo” había pasado ese día en el Vaticano que se me había escapado y sobre lo que este último amigo parecía tener la oportuna información. Por eso, inquieto, le pregunté: “¿has leído la documentación? Yo todavía no he tenido tiempo. A ver si lo puedo hacer mañana o pasado”. Su respuesta me desconcertó y, a la vez, me dejó alguna clave explicativa: “mándame la información que te vaya llegando. Gracias”.

 

Al día siguiente le facilité el acceso a tres informaciones: la primera, un escrito de J. I. González Faus sobre lo que llamaba “Pederanálisis” y que se puede encontrar en la red. La segunda, los 21 puntos de reflexión entregados a los obispos para luchar contra la pederastia. Y la tercera, una noticia en la que F. Lombardi, coordinador del encuentro, comunicaba en la rueda de prensa final que la Santa Sede contaría “en el plazo máximo de uno o dos meses con una nueva legislación para luchar contra los abusos” y “proteger a los menores y a las personas vulnerables”. 

 

Y sin más dilaciones, me puse a leer el discurso del papa buscando esa referencia a Satanás como el culpable de la pederastia eclesial. La verdad es que me encontré con un documento que me llamó la atención por la contextualización que ofrecía de la pederastia eclesial. Al releerlo, no veo en el texto, ninguna voluntad de poner en marcha el ventilador del “y tú más”, sino una lúcida y necesaria contextualización: según “organizaciones y organismos nacionales e internacionales (OMS, Unicef, Interpol, Europol y otros) la tragedia de la pederastia, constata Francisco, es un “fenómeno con frecuencia subestimado”, en particular, “en el ámbito familiar”, “en el barrio, la escuela, el deporte y también, por desgracia, el eclesial”. Y después de facilitar cifras aterradoras (que invito a leer) apunta, de manera tan cruda como autocrítica y sin paliativos: “la inhumanidad del fenómeno” de la pederastia “es todavía más grave y más escandalosa en la Iglesia, porque contrasta con su autoridad moral y su credibilidad ética”. Concretamente, las personas consagradas que “se dejan subyugar por su fragilidad humana, o por su enfermedad” se convierten “en instrumento de Satanás”, es decir, “del dios del poder, del dinero, del orgullo y de la soberbia” que, sintiéndose “señor del mundo”, “no perdona ni siquiera la inocencia de los pequeños”. Esta crueldad, prosigue el papa Bergoglio, hay que combatirla protegiendo a los menores; llevando ante la justicia a cualquiera que haya cometido tales crímenes; activando una política de prevención; siendo exigentes en la selección y formación de candidatos al sacerdocio y a la vida religiosa; no encubriendo ni infravalorando a las víctimas; acompañando a las personas abusadas; combatiendo el turismo sexual y preservando a los menores de las nuevas formas de abuso sexual en el mundo digital y en las redes. 

 

Una vez leída esta intervención del papa Francisco escribí al primero de mis amigos: acabo de leer despacio el discurso final y no encuentro que haya echado balones fuera culpando a Satanás de la pederastia. Nada de eso. Ya sé que no siempre es fácil, pero quizá sería bueno ir a las fuentes para tener una opinión que, además de propia, estuviera debidamente fundamentada. Te adjunto el texto íntegro por si quieres leerlo. Repasa después el enlace en el que se dice que "la Iglesia estrenará leyes contra los abusos en dos meses" y ya tienes todo lo que ha dado de sí esta cumbre y su hoja de ruta. 

 

Un abrazo.

 

Jesús Martínez Gordo


Los puntos sobre las íes

Jesús Martínez Gordo

Facultad de teología de Vitoria-Gasteiz

 

El histórico acuerdo entre la Santa Sede y China para el nombramiento de obispos, la catástrofe moral de la pederastia eclesial y su ocultamiento y la ofensiva ultraconservadora contra Francisco encabezada por el arzobispo C. M Viganò, han ocultado una de las decisiones de más calado que ha tomado el papa Bergoglio hasta el presente y que va a marcar el futuro más inmediato de la Iglesia católica. Me refiero a la publicación de la Constitución Apostólica 'Episcopalis Communio' (septiembre 2018). Ya la misma tipificación del documento ('Constitución') indica que no nos encontramos con otro texto más, entre tantos, sino con un instrumento fundamental, a cuya luz se han de revisar otras leyes y desde el que se van a empezar a tomar decisiones de calado.

 

Conviene recordar que no faltaron quienes –desde los primeros meses de su pontificado– le recordaron a Francisco que nuestro tiempo (y el suyo) era limitado y que nos acercábamos a los cincuenta años transcurridos desde la finalización del Vaticano II sin un desarrollo creíble del mismo. Quizá, por eso, empezó a escucharse –primero quedamente– que había que dejar a un lado los gestos y empezar a tomar decisiones. Es cierto que tampoco faltaron quienes indicaron cómo este Papa había adoptado en tres años más disposiciones que su antecesor; sobre todo, en lo referente a la moral sexual y a la matrimonial. Pero también lo es que el inicial murmullo crítico empezó a trocarse en un clamor en cuanto reconoció haber sido deficientemente informado sobre la lacra de la pederastia eclesial en Chile. Y del clamor se pasó a una incontenida indignación en cuanto se conoció el informe sobre la pederastia en algunas diócesis de Pensilvania. A partir de entonces, se acabó el tiempo de gracia mediática para Francisco y la complicidad de los sectores más abiertos de la Iglesia y de la sociedad civil. El Papa tenía que tomar decisiones. Y tenía que tomarlas rápidamente sobre el problema y su raíz: el clericalismo.

 

Así ha sido. En la primera de ellas, ha convocado a los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo a un encuentro en el Vaticano (febrero de 2019) para abordar la pederastia eclesial. En la segunda, ha dotado de un inusitado alcance jurídico a su proyecto de «conversión del Papado». Si la primera decisión ha llamado la atención de los medios de comunicación social por lo inédito de la misma, la segunda (la Constitución Apostólica 'Episcopalis Communio') ha pasado sin pena ni gloria. Pero no, por ello, deja de tener un enorme calado: aparca un modelo de gobierno eclesial marcadamente absolutista y clericalista y apuesta, de manera decidida, por otro mucho más participativo y corresponsable, tal y como lo había manifestado el 7 de octubre de 2015: el Papa –dijo entonces– no está «por sí mismo por encima de la Iglesia, sino dentro de ella como bautizado entre los bautizados y dentro del colegio episcopal como obispo entre los obispos, llamado, a la vez, como sucesor del apóstol Pedro, a guiar a la Iglesia de Roma que preside en el amor a todas las Iglesias».

 

En coherencia con lo entonces manifestado, el papa Bergoglio determina que, a partir de ahora, lo normal es que los Sínodos se desarrollen en tres fases: una primera en la que todos los bautizados tendrán la oportunidad de dar su opinión y una tercera en la que –después de celebrado– todo el pueblo de Dios volverá a participar creativamente en la recepción y aplicación de lo acordado. Además, lo normal es que lo aprobado en los Sínodos sea ratificado por él, quedando incorporado como enseñanza y determinación suyas. Y por si eso pareciera poco, habrá Sínodos que serán convocados para tratar cuestiones específicas cuyas decisiones serán normativas para toda la Iglesia. Tres concreciones que muestran con indudable claridad lo que Francisco entiende como «conversión del Papado» y, de paso, lo que tendría que ser la 'conversión' de los obispos y de los curas en el ejercicio de su responsabilidad.

 

Queda por ver si esta 'Constitución' tiene el deseable efecto dominó en la manera de presidir las diócesis y en el ejercicio del sacerdocio. Parece –a la luz de sus determinaciones– que los obispos y curas que gobiernan sus respectivas iglesias locales y comunidades como si fueran cortijos privados, tendrían que tener los días contados, porque vendrían a ser apartados de toda responsabilidad, si no rectifican. Y parece que los diferentes consejos eclesiales tendrían que ser deliberativos cuando se adopten acuerdos por mayoría cualificada (dos tercios): las disposiciones allí aprobadas –al estar fundadas en un pacto de comunión y misión– obligan a todos, laicos, curas y obispos.

 

A la luz de estos datos, creo que con la presente 'Constitución' Francisco, además de poner los puntos sobre las íes, coloca la pelota (de tener que explicarse) en el tejado de quienes buscan desestabilizar su pontificado en nombre de la 'verdad' que entienden detentar en exclusiva; nunca corresponsablemente.


Constitución apostólica sobre el Sínodo

Jesús Martínez Gordo

Facultad de teología de Vitoria-Gasteiz

 

La catástrofe moral de la pederastia eclesial de la que hemos tenido conocimiento, primero, con cuentagotas, pero, más recientemente, como un tsunami, nos ha abierto los ojos sobre la existencia de un inmenso dolor que -provocado entre nosotros y por compañeros de viaje- hemos visto cómo se incrementaba al haber sido ocultado. La intensidad y extensión del dolor provocado y el arraigo de la complicidad institucional han evidenciado que tan depravada praxis tenía asiento en una eclesiología y en una institucionalización que, descaradamente verticalista y absolutista, nada tiene que ver con lo dicho, hecho y encomendado por Jesus y sí mucho con el modo de procederheredado del absolutismo.

 

En medio del escándalo, y de lanecesaria catarsisque está aconteciendo, hemos oído decir, primero, como un murmulloy, luego, como un clamor ineludible que se había acabado ya el tiempo de los diagnósticos y de los gestos y que había que adentrarse, sin temor alguno, en la toma de decisiones que fueran a la raíz; entre otras razones, porque no solo estaba en juego el pontificado de Francisco o la credibilidad de la Iglesia, sino, sobre todo y ante todo,la fidelidad al Evangelio.

 

Afortunadamente, el papa Bergoglioha movido ficha. Y lo ha hecho mediante unaimportante Constitución Apostólica (“Episcopalis Communio”) en la que sintetiza, por un lado, su decidida voluntad de reforma y en la queplasma jurídicamente la apuesta conciliar por la sinodalidad; uno de los objetivoscentrales de su pontificado. Con esta decisión, juntamente con la cartaal pueblo de Dios denunciando el clericalismo como la metástasis que devora y asola la Iglesia y convocando a un encuentro en el Vaticano (febrero de 2019)a todos los presidentes de lasconferenciasepiscopales del mundo para abordar dichacatástrofe moral, retoma la iniciativa para intentar sacar a la comunidadcristiana del agujero negro en el que se encuentra y para paliar, hasta donde sea posible, el mal y el dolor provocados por la pederastiaeclesial y su ocultamiento por parte de los obispos.

 

Es posible que la promulgación de esta Carta Apostólica no tenga tanto eco mediático, pero es sin duda alguna, de enorme alcance para el futuro denuestras comunidades y para erradicar el drama de la pederastia. La clave de su comprensión se encuentra en la intervención que tuvo Francisco el 7 de octubre de 2015, con ocasión de loscincuentaaños de la institución del Sínodo de losobispos. Elpapa, dijo entonces, no está “por símismo por encima de la Iglesia, sino dentro de ella como bautizado entre los bautizados y dentro del colegio episcopal comoobispo entre los obispos, llamado, a la vez, como sucesor del apóstol Pedro, a guiar a la Iglesia de Roma que preside en el amor a todas las Iglesias”. Toda una revolucionaria manera de superar una concepciónabsolutista del papado y de indicar los pasos por donde tendría que ir lo que había calificado poco antes como la “conversión del papado” y, por ello, del ejercicio de la autoridaden la Iglesia.

 

Tal apuestaleha llevado a sintetizar doctrinalmente y traducir jurídicamente, en esta CartaApostólica,la comprensión y el ejercicio de la autoridadeclesial en el cauce de la sinodalidady corresponsabilidad que brota y se funda en el bautismo.Lo hace, dejando bien claro, una vez más y desde el primer momento, que el Pueblo de Dios es infalible “in credendo” y que no se puede presidir y gobernar la comunidadcristiana sin contar con su parecer en todo aquello que la concierne.Por eso, a partir de ahora, lossínodos de obispos tendrán unaprimera fase en la que el Pueblo de Diosserá consultadosobre la cuestión que se plantee. Y una tercera etapa, posterior a la celebrativa, en la que participará en la recepciónde lo eclesialmente acordado.

 

Pero no solo eso. Hay más. A partir de ahora, empezará a ser normal quelos acuerdos alcanzados en el aula sinodal sean aprobados o ratificados y publicados por el papa como magisterio suyo, sin necesidad de redactar un textopropioodiferente al aprobado por los padres sinodales. Y por si eso pareciera poco, el sínodopodrá ser deliberativo. Cuando el papa así lo determine, lo aprobado por los padres sinodales será firmado por el mismopapa y por cada uno de los participantes, siendo de obligado cumplimiento paratodos los católicos.

 

Con esta Carta Apostólica, hasta el presente, una de las más importantes desu pontificado, Francisco quiere poner en pie una Iglesia sinodal, en las antípodas de la clericalista que nos ha llevado al agujero negro de la pederastia y de su encubrimiento sistemático. Muy probablemente, en el encuentro que va a tener el próximomes de febrero con lospresidentes de las diferentesconferencias episcopales, se activará una nueva forma de sinodalidad que sumar a las habidashastael presente: la Ordinariay la Extraordinaria.

 

¡Ojalá que esta Carta Apostólica y la convocatoriaen febrero de tan singular encuentro sirvan para inaugurar una forma de gobierno sinodal en la que el papa cuente con el consejo de un C9 renovado y formado (¿por qué no?) por los presidentes de las conferencias episcopales de los diferentescontinentes! Y también para abrir las puertas a una revisión a fondo de lo que ha de ser el colegiocardenalicioy su composición: además de asesorar y ayudar al papa en los asuntos a él reservados, podría estar formado -superando el procedimiento actual desmedidamente unipersonal- por los presidentes de las diferentes conferencias episcopales del mundo. Hablaríamos, por tanto, de cardenales elegidos y “ad tempus”, es decir, mientras dure su mandato; no vitalicios.

 

Y ¡ojalá sirva para que los estudiosos propongan alternativas,consistentes y viables,que permitan superar el “infarto teológico” que está en la base del actual clericalismo, detectable en el Vaticano II! En efecto, el último de los concilios canaliza una sorprendente ambigüedad sobre el papel del laicado en la Iglesia que se ha prestado a lecturas marcadamente clericalistas:si, por un lado, se sostiene en LG 10,que el sacerdocio común de los fieles no es una participación del sacerdocio ministerial, sino del sacerdocio de Cristo, por otro lado, se defiende su presencia en el gobierno eclesial como una ayuda o “participación” en la cura pastoral, reservada en exclusiva a los presbíteros (LG 36. 37). He aquí la raíz de una potente comprensión -partitiva, jerárquica y subordinante- de los bautizados al clero que hay que superar cuanto antes.

 

Queda por ver, en qué medida esta apuesta por la sinodalidad se articula, ya en niveles diocesanos,con la corresponsabilidad bautismal, algo que pasa por entender que los muchos consejoseclesiales existentes están fundados en un pacto de comunión y misión entre los obispos que los presiden y los bautizados allírepresentados. Tal pactotendría que llevar a aceptarque las decisionesadoptadas por mayoría cualificada fueran asumidas por los respectivos obispos;obviamente, si no estuvieran fehacientementeen juego la unidad de la fe y lacomunióneclesial. Y, por supuesto, queda por ver si conduce a recuperar la tradicional intervencióndel pueblo de Dios en la elección de sus respectivos obispos.

 

La desatencióna estos y otros puntos no solo no desactivaría lametástasiseclesialdel clericalismo, sino que llevaríaa la Iglesia a serun residuo marginal; para nada, el resto evangélico al que está convocada. ¡Ojalálos obisposreunidos el próximofebrero con Francisco en el Vaticano tengan la lucidez y elcoraje para que esto nosuceda!

 

 

 

 


PEDERASTIA Y CLERICALISMO

 

Jesús Martínez Gordo

Catedrático de Teología

29 de agosto de 2018

 

La vida eclesial y civil de estas últimas semanas se han visto convulsionadas por la catástrofe moral de la pederastia clerical. Según el informe de la Corte Suprema del Estado de Pensilvania, 300 sacerdotes católicos abusaron sexualmente de más de 1.000 niños desde la década de 1940. La denuncia se suma a las realizadas no hace mucho en México, Irlanda y Boston y, más recientemente, en Australia y Chile. Muy probablemente, esta lista, tan dramática como escandalosa, se incrementará en los próximos meses y años. Es cierto que no han faltado reacciones, sobre todo en EE UU, criticando la falta de consistencia del informe en puntos concretos y recordando que los casos de pederastia denunciados son una gota en comparación, por ejemplo, con la existente en los centros de menores tutelados por los estados e, incluso, en el seno de las mismas familias. Y también lo es que tampoco han faltado quienes han traído a colación la denuncia recogida en el informe de 'Save the Children', ('Ojos que no quieren ver', septiembre 2017) sobre la extensión de este drama de abusos sexuales en España: entre un 10 y un 20% de la población ha sido víctima de ellos en la infancia (entrenador deportivo, profesor, monitor de ocio y tiempo libre).

 

Sin embargo, la reacción más esperada y contundente ha sido la del papa Francisco: sin cuestionar, para nada, el problema denunciado, ha hecho propio el «sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas». Lo ha calificado de «crimen» y ha urgido «a pedir perdón» y «reparar el daño causado». Seguidamente, ha indicado que se ha de «generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacio para ser encubiertas y perpetuarse». Y, adentrándose en las posibles soluciones, ha apremiado a los católicos a que participen de manera activa en la superación del «clericalismo», esa «anómala manera de entender la autoridad en la Iglesia, tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia».

 

La intervención de Francisco ha sido bien acogida entre la inmensa mayoría del episcopado mundial, exceptuada la salida de tono de Carlo Maria Viganò quien, en sintonía con los sectores más ultraconservadores, se la tiene jurada. Pero ha sido criticada por muchos católicos, particularmente, por parte de algunas personas directamente afectadas: está muy bien, han denunciado, el coraje crítico y autocrítico del papa Bergoglio, pero, además de audacia y lucidez analítica, se requieren determinaciones concretas que erradiquen esta lacra. El eco que ha tenido esta valoración explica que durante unos días se haya generado el rumor de que, en breve, se daría a conocer una nueva batería de decisiones al respecto; sobre todo, referidas directamente al encubrimiento de tales casos por parte de los obispos. Desde la Santa Sede no se ha tardado en señalar que ya hay legislación sobrada al respecto. Como mucho, habrá que realizar pequeños retoques, tratando de mejorar la ya existente. A partir de ahora -se ha recordado- hay que ponerse manos a la obra e intentar activar en cada diócesis los mecanismos que permitan afrontar y reparar estas tragedias en concreto y el problema de fondo que lo provoca: el clericalismo.

 

Acogiendo esta última invitación, me permito proponer la celebración -más pronto que tarde- de Asambleas o Sínodos diocesanos que culminen en uno general de la Iglesia española. En ellos habría que afrontar, entre otros asuntos, la cuestión del clericalismo y la insoportable hipoteca que supone para el futuro de nuestras iglesias. Sería una magnífica ocasión para, además de dar voz a las víctimas de estos crímenes y reparar algo del mucho daño causado, reivindicar, por ejemplo, la participación de todos los bautizados en la elección de sus respectivos obispos y para proponer la promoción de nuevas maneras de acceder al sacerdocio: no solo que los casados puedan serlo (los llamados 'viri probati') o que el celibato sea opcional, sino que, en casos, cada día más normales, de ausencias prolongadas de curas, algunos laicos sean elegidos para ser ordenados y presidir sus comunidades por un tiempo determinado; finalizado el cual, dejarían de ejercer como tales (los sacerdotes 'ad casum' y 'ad tempus'). Obviamente, también las mujeres deberían ver abierto su paso al sacerdocio. Que Jesús no las eligiera apóstoles en su tiempo no quiere decir que lo prohibiera o impidiera hoy. Nada de eso. Y más, visto que su comportamiento fue revolucionario frente a la situación que padecían en aquella época.

 

¿Habrá, entre nosotros, obispos, que -acompañados por sacerdotes, religiosos y laicos- tengan el coraje requerido para que algo de esto sea posible y se comience a erradicar la pederastia eclesial y el clericalismo que lo funda y sostiene? Me gustaría poder responder de manera afirmativa, pero me temo que el silencio -o, como mucho, el lamento- sean, por más que duelan, las respuestas previsibles ¡Ojalá me equivocara!


Mikel Larburu, el conocimiento por contacto

 

Jesús Martínez Gordo

Catedrático de Teología

4 agosto 2018

 

No hace ni un año que conocí a Mikel Larburu. Vino a saludarme después de una conferencia que impartí en San Sebastián. En el transcurso de la charla que mantuvimos salió el asunto de la acogida de los emigrantes norteafricanos, la tragedia del fundamentalismo islámico y la brocha gorda que suele aparecer cuando se afronta la cuestión de las relaciones con los musulmanes. Entonces me enteré de que había estado más de cuarenta años viviendo con ellos. En encuentros posteriores he tenido la suerte de escucharle hablar sobre el islam y, particularmente, sobre la riqueza ética, diversidad y singularidad de estas personas que, desde hace un tiempo, vienen llamando a nuestras 'mesas de la abundancia'; sobre todo, en el sur de España. Y también, en San Sebastián y en Bilbao, aunque una parte de ellos lo hagan en tránsito hacia Europa.

Mikel (Zumaia, 1944), criado en el seno de una familia marinera, dejó la mar, a la que se sentía llamado, y fue adentrándose, desde 1969 hasta 2013, en los desiertos del norte de África. Allí, en relación directa con el islam de carne y hueso, descubrió lo que gusta denominar como el conocimiento por 'contacto' y 'cercanía', propiciado por la acogida y la hospitalidad musulmanas. Allí, en el desierto, le tocó ver y padecer, a partir de 1992 y siendo Provincial de los Padres Blancos, los efectos devastadores de las masacres yihadistas: diecinueve martirizados que, dentro de unos meses, serán canonizados. Entre ellos, siete monjes de Tibhirine, cuatro compañeros padres blancos y dos religiosas españolas: Esther Paniagua (León) y Caridad Álvárez Martín (Burgos). A él le tocó oficiar los funerales por ellas y escuchar, de boca de su superiora religiosa, que ni Esther ni Caridad «quisieron morir. Eran amantes de la vida, pero también de su pueblo y decidieron permanecer allí». Lo suyo, apunta Mikel, «fue coherencia». Y también allí, en el corazón del desierto y a lo largo del llamado 'trienio negro', pudo comprobar cómo fueron asesinados, además de ciento diez profesoras de francés (cuyo único delito fue enseñar una lengua extranjera), ochenta y nueve imanes por negarse a respaldar el extremismo violento abanderado por los fanáticos.

Quien le conozca o tenga la suerte de hablar con él o de leer el libro que sobre su experiencia ha escrito Koldo Aldai ('De mar y arena', Abarzuza, Navarra, 2018), tendrá la oportunidad de 'vacunarse' contra la islamofobia de baja intensidad que, sigilosamente, comienza a apoderarse de una parte creciente de la población europea, incluidas la vasca y la española. En concreto, podrá percatarse de que son millones los musulmanes que comparten con nosotros la condena contra la violencia y con quienes es posible encontrarse y entenderse, a pesar de los brotes fundamentalistas de los que también ellos son víctimas; tanto o más, que los europeos afincados en África o en el viejo continente. Hay dos detalles que le he oído mentar en varias ocasiones. El primero, sobre sus dos 'hermanos' musulmanes: Mohamed Reggan, cabrero, y Tayeb, cocinero de la comunidad de Padres Blancos en Ain Sefra. Este último, recuerda emocionadamente, aun contando con una gran familia biológica, no tuvo problema alguno en aumentarla: acogió un vagabundo que encontró tirado en la calle y le ayudó hasta la misma hora de su muerte.

El segundo, se refiere a Christian, uno de los monjes de Tibhirine martirizado por los fundamentalistas. Siendo joven, cuenta, tuvo que prestar el servicio militar en Argel. La guarnición en la que se encontraba sufrió un ataque guerrillero y fue apresado. Uno de los asaltantes salió en su defensa, alegando que el joven capturado había hecho mucho por los necesitados del lugar. El resultado de esta intervención fue su liberación; pero después supo que habían colgado a su defensor musulmán, en represalia por su solidaridad con Christian. Sin duda, la calidad de esta singular relación entre musulmanes y católicos queda magníficamente reflejada en un pasaje de la película sobre los monjes de Tibherine ('De dioses y hombres') que Mikel recuerda con particular gratitud: «nosotros, les dicen estos monjes mártires, somos como pájaros en la rama que sois vosotros». En ese momento, la madre de la casa que escuchaba desde la cocina la conversación entra en el salón diciendo: «¡no, no, no! Nosotros somos los pájaros y vosotros sois la rama en la que estamos posados».

En la actualidad, Mikel vive en la residencia de los Padres Blancos en Barañain. Desde allí atiende las peticiones que recibe para hablar del Islam, la pasión de su vida. Y para explicar qué es eso del conocimiento por «proximidad» y «ósmosis y de la hospitalidad musulmanas. Por lo expuesto, no creo que su testimonio -aunque pueda sorprender a algunos- esté huérfano de lucidez y equilibrio.


De Izquierdas y Cristiano, ¿incompatible?

Jesús Martínez Gordo

Catedrático de teología

 

Existe un sector de cristianos –difícil de cuantificar, aunque puede que no sea muy numeroso– que, con la llegada de Pedro Sánchez al poder, y de la ideología por él encarnada, se muestran dispuestos a colaborar y apoyar todas aquellas iniciativas que permitan regenerar la vida política, administrar de manera honesta y responsable los recursos de todo tipo, acoger a los emigrantes (incluidos los que se desplazan por motivos económicos) o promover una nueva convivencia en libertad y solidaridad entre los diferentes pueblos que conforman el Estado español. Sin olvidar, por supuesto, las políticas en favor de la igualdad o en defensa de las minorías y de los más necesitados. Se da mucha más cercanía, sostienen, entre el Evangelio y esta izquierda con entrañas humanitarias que la supuestamente existente entre la fe cristiana y las ideologías y proyectos liberales o neoliberales de los últimos años. Y no estaría de más recordar, apuntan, la necesidad de que las diferentes iglesias -particularmente, la católica– fueran dejando en la cuneta algunas de las muchas inercias que, acomodaticias con el poder, lastran –como losas– su radicalidad evangélica.

 

Hay otro sector –también difícil de cuantificar, pero tengo la impresión de que más numeroso que el anterior– para el que la llegada al Gobierno de la sensibilidad que encarna Pedro Sánchez augura, más pronto que tarde, una confrontación entre la izquierda y los cristianos. Y, por extensión, con las religiones en general. La beligerancia anticatólica, recuerdan, de la que ha hecho gala durante estos últimos años el actual presidente (y con él, algunos de sus actuales compañeros de viaje) es la punta de iceberg de una laicidad excluyente y restrictiva: «denuncia» (en otros momentos, «revisión») de los Acuerdos entre la Santa Sede y el Estado de 1979; exclusión de la religión confesional de la escuela; reducción de la enseñanza privada en favor de la pública o aprobación de una ley que «regule» el derecho a la libertad religiosa.

 

Con estas y otras iniciativas, sostienen, se busca retirar la religión del espacio público para hacer sitio a otra «civil» o laica al precio de asfixiar la pluralidad y la diversidad de cosmovisiones en dicho espacio. Esta agenda oculta se activará cuando sea políticamente posible, es decir, cuando la conjunción de dígitos parlamentarios y expectativas electorales lo permita.

 

Pero paralelo al debate entre estos dos grupos existe, también desde hace tiempo, otro entre las filas de la izquierda y del liberalismo de nuestro país y de Europa. Están, por un lado, los partidarios de llevar adelante la política de 'religión civil' sucintamente reseñada o algunos de sus puntos más emblemáticos, sin rehuir la confrontación y, cuando sea posible, recluyendo las diferentes cosmovisiones 'no laicas' al ámbito de lo privado: las religiones -y, concretamente, la católica– son reaccionarias, oscurantistas, intolerantes e insoportables. Y lo son ejerciendo una tutela desmedida no solo sobre la vida individual sino también sobre la social.

Por eso, habrán de activarse los medios que sean necesarios con el fin de acallar o imposibilitar semejantes influencias y recluirlas, en el mejor de los casos, en la esfera íntima. Este es el santo y seña de la laicidad que algunos tipifican como excluyente y beligerante o «laicista».

 

Por fortuna, no faltan en estas mismas filas grupos y colectivos que enfatizan la mayor efectividad e inteligencia democrática de la colaboración: cuando se propicia este clima, apuntan, no solo es posible revisar sin excesivos problemas determinados instrumentos legales y jurídicos necesitados de adecuación a los tiempos que corren, sino que se realizan sin arriesgar la convivencia. Éste, recuerdan, fue el marco en el que se gestó el pacto constitucional que desembocó en el reconocimiento de la aconfesionalidad del Estado en la transición política y posibilitó los Acuerdos Iglesia-Estado. Mucho tuvo que ver en aquel tiempo el aparcamiento de la confrontación que había caracterizado los duros años de la Segunda República española o los trágicos tiempos de la Guerra Civil.

 

Se sea partidario de la laicidad entendida como articulación de aconfesionalidad del Estado y colaboración con las religiones o como confrontación y relegación de las confesiones al ámbito de lo privado, es difícilmente cuestionable que habrán de revisarse, entre otros asuntos, los vigentes Acuerdos con la Santa Sede. Hay que superar su creciente percepción de ser un 'recurso-tapadera' con el que seguir manteniendo supuestos privilegios eclesiales al amparo de una incompleta y todavía pendiente transición política.

 

Entiendo que somos muchos los ciudadanos –cristianos o no– que, a estas alturas de la historia, agradeceríamos que se dejaran las confrontaciones y se ensayara la posibilidad de nuevos pactos. Y si éstos no fueran posibles, que se preservara el bien superior de la convivencia, respetuosa con las legítimas diferencias.


Los obispos vascos y ETA

Jesús Martínez Gordo

Catedrático de teología

 

“Somos conscientes de que también se han dado entre nosotros complicidades, ambigüedades, omisiones… por las que pedimos sinceramente perdón”. Así se han manifestado los obispos de San Sebastián, Bilbao y Vitoria, con los de Pamplona (arzobispo y auxiliar) y Bayona, pocas horas después de que ETA publicara una “Declaración sobre el daño causado” en la que pedía perdón a las personas damnificadas por sus “acciones” y que no habían tenido “una participación directa en el conflicto”.Establecían, de esa manera,una diferenciación entre víctimas y dejaban entrever su diagnóstico de la realidad, compartido por una buena parte de sus correas de transmisión política: hemos perdido una batalla, perono la guerra. Y, como es sabido,vienen a decir, en todas las batallassiempre hay inevitables “daños colaterales” (que se lo preguntena la OTAN cuando hubo que intervenir militarmente en la ex -Yugoslavia). Estasvíctimas o “daños colaterales”son inocentes y, por ello, solicita su perdón.Pero, interpreto, que,semejante solicitud no va dirigida a las que -por estar armadas- han muerto durante el franquismo o, una vez muerto el dictador, en defensa de la legalidad democrática. Todas estas muerteshan sido, en la “lógica militarista” de ETA, inevitables. Por eso, no se las puede pedir perdón.

 

Los obispos del País Vasco, Navarra y Bayona, en vez de valorar semejantepetición selectiva de perdón y el diagnóstico en que se sustenta, se han limitado a pedirlo, a su vez, por las “complicidades, ambigüedades y omisiones” de la Iglesia vasca. La perplejidad y el desconcierto han sidodescomunales, además de ofensivos y calumniosos para muchos católicos vascos que han estado durante décadas en las primeras filas de un pacifismo militante o que han defendido hasta la extenuación y contra viento y marea la imperiosidad de reconducir el llamado “problema vasco” a parámetros estrictamente políticos o que, incluso, han llegado a padecer en sus carnes la violencia y el hostigamiento de quienes comulgaban con ETA. ¿Qué puede haber detrás de esta precipitada, y nada ponderada, “Nota pública” de los prelados?

 

Los medios que se han dirigido a los diferentes episcopados en busca de alguna aclaración se están encontrando con un silencio impenetrable.Pero no faltan algunas filtraciones que, con visos de bastante verosimilitud, informan de quelos redactores de la “Nota” en cuestión habrían sido los obispos de Pamplona (FranciscoPerez) y San Sebastián (José Ignacio Munilla) y que algunas de las aportaciones realizadas por los otros prelados, referentes alos presos de ETA, no fueron incorporadas en la redacciónfinal. Estas filtraciones vienen acompañadas de diferentes valoraciones. Las más benignas subrayan que en el origen de este precipitado comunicado estaría la decisión de moverse rápidamentey no quedar desbordados por otra cascada de críticas, semejante a la que hubo cuando decidieron ausentarse de lo que se denominó “la escenificación del desarme de ETA” (Bayona, abril, 2017). Pero no faltan tampoco otras interpretaciones menos amables: los actuales obispos vascos fueron promovidos a tal responsabilidad porque presentaban un perfil en el que eran previsibles comportamientos de “brocha gorda” como el habido que, por si fuera poco, descalifican la gestiónde sus predecesores al frente de las diferentes diócesis vascas.No es extraño que personas con un perfil tan pocoecuánime, tiendan a pasarse o de frenada (como así sucedióel año pasado) o de aceleración (como ha pasado esos últimos días). No acaban de encontrar, se oye decir,elequilibrio requerido ni enéste ni en otros asuntos másdomésticos o pastorales. Fueronelegidosporque se percibían en ellos que no podían conjugar, a la vez, caricia y cercanía con aguijón y critica.

 

Están, además, quienesno se cansan de repetir que ellosno han sido cómplices con ETA. Es cierto, sostienen, que ha habido quienes durante los últimosestertores de la dictadura franquista han invisibilizado a las víctimas de la violencia etarra.Pero tal invisibilización empezó a ser superada -lenta e inexorablemente- en cuanto la democracia pasó a ser una realidad en elPaís Vasco y en España ya que tuvo la virtud de poner a ETAy su mística “liberadora” en su sitio. Sobre todo, cuando la violencia se tornó ciega e indiscriminada y la patriao la libertad pasaron a convertirse en absolutos que acababan justificando la muerte de inocentes e, incluso, de niños. Fue entonces cuando la inmensa mayoría de la Iglesia vasca asumió un indudable protagonismo en la promoción militante de la paz y de la reconciliación.

 

Quedan por conocer, una vez extinguida ETA, algunos de los muchos relatos que hay en este sentido. Esperemos que tengan la virtud de poner a cada uno en su sitio. Y, de paso, que permitan desterrar muchas apasionadas “fobias” y también ciegas “filias” que, además de no favorecer un adecuado conocimiento ni un relato ajustado del papel de la Iglesia Vasca, ni contribuyen a la convivencia en paz.

 



Bendecir uniones homosexuales

 Jesús Martínez Gordo

Catedrático en Teología 

Si se bendijeran las uniones homosexuales, se estaría cooperando con «un acto moralmente prohibido, sin importar cuán sinceras sean las personas que buscan la bendición». Como consecuencia de ello, «se minaría gravemente» el testimonio de la Iglesia «sobre la naturaleza del matrimonio y la familia», además de confundir y desorientar a los fieles. Por eso, los sacerdotes y diáconos tienen prohibido tomar parte, atestiguar u oficiar «cualquier tipo de unión civil de personas del mismo sexo» o «cualquier ceremonia religiosa» que busque bendecir tales uniones. Quien se manifiesta así de contundente es Charles Joseph Chaput, arzobispo de Filadelfia (EE UU). Con esta medida, concluye, no se rechaza a las personas, sino, simplemente, se sostiene «con claridad lo que sabemos que es cierto sobre la naturaleza del matrimonio, la familia y la dignidad de la sexualidad humana».

 

La singularidad de estas declaraciones no reside solo en la negativa y en la crítica argumentación que aportan, sino en sus interlocutores: los obispos alemanes. Éstos, como ya es sabido, defendieron en su Informe para el Sínodo de Obispos de 2015 que «la orientación sexual» era «una disposición inmutable y no una elección particular» y que, por eso, a la gran mayoría de los católicos alemanes les irritaba el discurso que entendía la condición, el comportamiento y la unión homosexual como intrínsecamente desordenados. Guste o no, sostuvieron los prelados alemanes en aquella ocasión, existe una diversidad de orientación sexual con fundamento en la naturaleza de cada persona. Esta realidad explica que aumente el número de los católicos alemanes que, sin igualarlas con el matrimonio, las acepten cordialmente. Ha llegado el momento de revisar, proponían algunos teólogos, la supuesta consistencia de la ley moral natural a la que se ha venido recurriendo hasta hoy en lo referente a las uniones homosexuales.

 

Pues bien, en coherencia con dicho posicionamiento, y prolongando la invitación del papa Francisco a que los homosexuales puedan «contar con la ayuda necesaria para comprender y realizar plenamente la voluntad de Dios en su vida» (“Amoris laetitia”), Franz-Josef Bode, obispo de Osnabrück y vicepresidente de la Conferencia Episcopal Alemana, ha propuesto la conveniencia de pensar en una bendición de las uniones homosexuales, dejando bien claro, que no deben «confundirse con un enlace matrimonial». «El silencio y los tabúes» sobre este asunto ha argumentado, solo «crean confusión» y «no conducen a nada». El mismo cardenal Reinhard Marx, presidente de los obispos alemanes y miembro del llamado C-9 que asesora a Francisco en la reforma de la Iglesia, ha informado, más recientemente, de la creación de un grupo de trabajo al que se ha encomendado ‘preparar’ el oportuno debate sobre la posibilidad de bendecir dichas uniones. No existen al respecto, ‘reglas’ o ‘soluciones generales’ que aplicar mecánicamente, sino una decisión que ha de estar fundada en un ponderado discernimiento realizado entre los demandantes y el sacerdote o el diácono habilitado para ello. Hay que finiquitar -ha venido a sostener- la casuística que ha hecho correr ríos de tinta estos últimos siglos y dejar, en sintonía con el corazón del Evangelio, que el discernimiento (articulación de lucidez y entrañas de misericordia) tenga la entidad que presentaba en Jesús.

 

Éstos son los interlocutores (y argumentos) de los que se desmarca el arzobispo de Filadelfia. Por eso, una eventual decisión de la Conferencia Episcopal Alemana en este sentido, ha declarado, «resuena inevitablemente en (toda) la Iglesia y, por supuesto, aquí», es decir, en EE .UU. y en todas las partes del mundo. «Cualquier rito de ese tipo -finaliza, de manera tan grandilocuente y gratuita como critica- iría en contra de la Palabra de Dios y de la constante enseñanza y creencia católica».

 

Vistos los debates y posicionamientos habidos al respecto en los Sínodos de 2014 y 2015, creo que no es un disparate sostener que una buena parte del episcopado estadounidense participa de esta crítica. Y con ellos, la gran mayoría de los obispos africanos, así como bastantes de los prelados de Europa del este; con Polonia al frente. Sospecho, y no pasa de ser una mera sospecha personal, que, muy probablemente, también la comparten no pocos de los obispos españoles, habida cuenta, por ejemplo, de los intentos de torpedear -por parte de su sector más beligerante- la Encíclica ‘Amoris laetitia’ y ante el silencio de la gran mayoría.

 

¡La de problemas que se podrían ahorrar los papas (y, con ellos, Francisco) si los católicos intervinieran, como sucede actualmente en la gran mayoría de las diócesis alemanas, en la elección de sus respectivos obispos! Seguro que así estarían más atentos a recoger lo que piensan los católicos sobre éste y otros asuntos. Y, como fruto de ello, su magisterio sería mucho más inculturado y gozaría de una mayor acogida.

 


Un Papa falible

 

 

Jesús Martínez Gordo

Catedrático en Teología

 

Francisco ha dado un primer paso para superar la ‘papolatría’ y el ‘infabilismo’ que se ensoñerean de muchos dentro y fuera de la Iglesia

 

Sí, falible, es decir, que se equivoca y que, por ello, tiene que rectificar porque ha realizado un comentario improcedente o ha tomado una decisión errónea. Es lo que acabamos de constatar, no hace muchos días, en el transcurso de su visita a Chile y Perú. A preguntas de una periodista, sobre qué tenía que decir acerca del obispo J. Barros (acusado de encubrir los abusos del cura F. Karadima), Francisco declaró, de manera contundente y enojado, que hablaría el día que le trajeran «una prueba» porque lo aportado hasta el presente era «todo calumnia». Para sorpresa de propios y extraños, el cardenal de Boston y máximo responsable de la lucha contra la pederastia, Sean O’Malley, le criticó en púbico porque sus palabras habían sido «fuente de gran dolor» para las víctimas de abusos sexuales

 

Pero, una vez más, en la rueda de prensa que el papa Bergoglio mantuvo con los periodistas en el avión de regreso, volvió a dar la campanada al pedir perdón si había «herido a las víctimas de abusos». «Mi expresión, reconoció, no fue feliz». Y, ya en Roma, ha enviado a Chile al arzobispo Charles J. Scicluna, encargándole «escuchar a quienes han manifestado su voluntad de dar a conocer elementos que poseen en torno a la posición del obispo de Osorno, Mons. J. Barros». La investigación realizada en su día por este arzobispo maltés con las víctimas de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, fue determinante en la condena del pederasta mejicano. Como también lo fue en la de F. Karadima por «abuso de menores» y por crear «súbditos psicológicos suyos», tal y como se ha podido mostrar «de modo inequívoco» –sostuvieron los jueces de la Santa Sede– en los testimonios aportados en «la investigación previa».

 

Ante esta rectificación, han sido numerosas las reacciones. Están, en primer lugar, las de quienes han disfrutado –y mucho– por esta «metedura de pata» de Francisco. Es, se les ha oído decir, una clara señal de que empieza estar acartonado y de que comienza a pagar, ¡ya era hora! el precio del populismo al que se ha abonado desde el primer día en que fue elegido. Están, en segundo lugar, quienes, católicos o laicistas, se encuentran desconcertados. Los católicos, porque echan de menos en el actual papa algo de la seguridad e, incluso, obstinación que les fascinaba de sus antecesores en la silla de Pedro.

 

Los laicistas, porque les molesta ver cómo se derrumba el estereotipo de un Papa «sabelo-todo-por-ciencia-infusa» al que, cargados de razones y con buen humor, «daban estopa». Unos y otros están asociados (por diferentes razones y motivos) a lo que, desde hace décadas, se tipifica como «papolatría» e «infalibilismo»; dos extrapolaciones puestas en circulación por la ‘Civiltà Cattolica’ (la revista de los jesuitas) finalizando el siglo XIX: cuando «habla el sucesor de Pedro, sostenían los hijos de San Ignacio en aquellos años, es Dios quien lo hace por medio de él».

 

Es cierto, recuerdan los críticos de esta inaceptable extrapolación, que en 1870 (Vaticano I) se reconoció al Papa la capacidad para tomar decisiones por sí mismo (’ex sese’) y sin necesidad de consenso alguno por parte de la Iglesia en situaciones excepcionales en las que no fuera posible preservar la libertad y la unidad de manera colegial y sinodal. La infalibilidad papal, así entendida, vendría a ser como una especie de ‘bomba atómica’, a la vez, preventiva y disuasoria. Pero también lo es que, desde entonces, se ha venido incrementando el número de quienes se decantan por una extensión de esta infalibilidad, excepcional, a todas las decisiones ordinarias, magisteriales y gubernativas, de los papas y de su curia, obviando que ‘Roma’ también se equivoca. Y, a veces, ¡de qué manera! Es lo que ha mostrado Francisco con su petición de perdón. Rectificando, ha dado un primer paso para superar la ‘papolatría’ y el ‘infalibilismo’ que todavía se enseñorean de muchos, dentro y fuera de la Iglesia.

 

Pero, sin dejar de reconocer la importancia de este primer paso, es indudable que sigue estando pendiente la ‘conversión’ del Papado; lo que supone dejar de ser una especie de ‘superobispo’ del mundo para pasar a ser lo que realmente es: el obispo de Roma. Y que, por serlo, tiene la responsabilidad de cuidar la unidad en la fe y la comunión eclesial, reservando su intervención en otras iglesias solo en situaciones y por razones excepcionales. Pero, además, tampoco se puede ignorar que el papa y su curia se ahorrarían éstos y otros muchos problemas si los católicos intervinieran en el nombramiento de sus respectivos obispos, presentando -previa consulta a todos ellos- una terna para que el sucesor de Pedro eligiera uno de entre los propuestos.

 

La llamada ‘conversión’ del Papado y la superación de la ‘papolatría’ y del ‘infalibilismo’ (propios o ajenos) también requiere adoptar medidas de este estilo. Somos millones los que agradeceríamos alguna rectificación en este sentido.


El nacimiento de Peru

Un Papa luterano

 

Jesús Martínez Gordo

Catedrático en Teología

 

Yo, que canto con familiares y amigos, en muchas ocasiones, aquello de que «Bilbao es tan pequeño que no se ve en el mapa, pero bebiendo vino nos conoce hasta el Papa», tengo la convicción de que la denuncia de Francisco sobre la ‘desnaturalización’ de la Navidad no tiene nada que ver con la iniciativa de algunos colectivos de la escuela pública vasca de cambiar en los villancicos a Jesús por Peru. Cuando uno sale fuera de nuestras fronteras, constata que somos más conocidos por la lacra del terrorismo etarra que por nuestro Rioja alavés, aunque, la verdad, después del tiempo de latencia en que ha entrado, empezamos a serlo por los pintxos de la Parte Vieja donostiarra, por el Guggenheim, por la catedral vieja de Vitoria, por los Sanfermines y, en círculos más refinados, por X. Zubiri, M. de Unamuno, I. Ellacuría y ¡cómo no! por San Ignacio de Loiola, el fundador de la Compañía, mira tú por dónde, de Jesús.

 

Francisco, el Papa que ha bebido en la espiritualidad jesuítica, ha denunciado que «en nombre de un falso respeto ante quien no es cristiano, muchas veces se esconde la voluntad de marginar la fe, eliminando todo tipo de referencia al nacimiento de Jesús». Me da que tiene toda la razón cuando habla de «falso respeto» y de «marginación» de la fe si, como creo, está mirando, más bien, el fregado en el que se encuentran metidos, desde hace años, algunos centros públicos en Francia por la negativa a exponer belenes en sus dependencias. Pero sea correcta o no esta apreciación, no parece que la denuncia papal sea inaplicable a la iniciativa puesta en marcha por ciertos sectores de la enseñanza pública vasca estas pasadas Navidades.

 

Leyendo las cartas al director de esos días, y algunas reacciones al respecto, he creído encontrar una invitación a deliberar si este tipo de comportamientos son de recibo en instituciones que, por ser aconfesionales y públicas, además de docentes, tendrían que tener en el respeto y cuidado de la verdad, diversidad y pluralidad el santo y seña de toda su acción; y, para nada, en su ocultación, sofocamiento y, mucho menos, adulteración. Otras, han subrayado, una vez garantizados respeto y cuidado, la legitimidad de criticar lo que se considere oportuno y la de activar, junto a los villancicos, las ‘liturgias’ alternativas, civiles o no, que estimen oportunas.

 

Pero esos días hubo otra aportación, la de J. I. González Faus, un compañero de fatigas espirituales del actual Papa, que puede ayudar a situar la Navidad (de Jesús o de Peru) los próximos años en tres esclarecedores marcos: uno, con una ‘liturgia’ potentísima; otro, sin ella; y un tercero, necesitado de reconsideración. Según el primero, estas fechas no tienen nada que ver con el nacimiento del Nazareno ya que se han convertido en un «aquelarre de consumo inútil» en el que el establo ha sido sustituido por el supermercado de turno; el buey y la mula por el cochinillo y el cava; los pastores y los extranjeros (socialmente ninguneados, pero los únicos que –según el Evangelio– anuncian la venida de Dios) por personajes bien vestidos y hasta por ‘reyes’; el nacimiento en una cuadra por calles muy iluminadas donde se malgasta energía y se derrocha dinero; la cercanía de un Dios que se hace carne por solidaridades artificiales que rifan objetos de famosos. En suma, por «el nacimiento del Despilfarro».

 

Según el segundo, quizá los cristianos tendrían que dejar la pista abierta a los promotores de Peru ya que no se puede ignorar que en su iniciativa hay una parte de verdad que atender: Jesús no nació ese día. En realidad, no se sabe en qué día nació. Simplemente, se eligió la fiesta pagana del nacimiento del sol. Por eso, igual ha llegado ya el tiempo de dejar que la sociedad no cristiana recupere su originaria celebración pagana para que quienes, por ejemplo, no tienen otro dios que el del consumo desenfrenado, se entreguen a él. Sin más.

 

En el tercero, dirigido, en este caso, a los cristianos, nos sugiere la celebración del nacimiento de Jesús el 25 de enero. De esta manera, las fiestas laicas del solsticio de invierno, en el que nace Peru, podrían ser el nuevo Adviento para preparar el nacimiento de «otro Sol». Sería un tiempo en el que renunciaríamos al consumo, intensificando la presencia solidaria entre las víctimas de este mundo cruel y en el que propiciaríamos la reconciliación entre nosotros y con todos. Así, haríamos un doble favor a los promotores del nacimiento de Peru y, en general, a los defensores de unas fiestas laicas: les dejaríamos la pista libre para sus celebraciones y, al disminuir nuestra demanda, se verían beneficiados por una bajada en los precios de la oferta. Nosotros, tendríamos la oportunidad de prepararnos coherentemente y disfrutar del nacimiento de ‘otro Sol’: el de quien sigue naciendo en la fragilidad, en este caso, de un niño. Y no solo estos días, sino todos los restantes del año.

 

Mira tú! ¡Lo que podría dar de sí (y para bien) el nacimiento de Peru! 


UN PAPA LUTERANO

Jesús Martínez Gordo

Catedrático en Teología

 

      La posibilidad de un encuentro entre la representación católica y la protestante remite un viejo y penoso debate que alcanzó uno de sus momentos álgidos en tiempos de Martín Lutero.

A los pocos días de ser elegido, el papa Francisco ya ofreció la primera y más importante pista de que su Pontificado no iba a estar presidido por la ‘verdad innegociable’ de la ‘ley moral natural’, sino por la misericordia. Lo manifestó el domingo siguiente a su elección: el cardenal W. Kasper le había regalado, antes del Cónclave, un libro que había escrito sobre la misericordia. Su lectura le había «hecho mucho bien» porque le mostraba argumentadamente que ése era el «nombre de nuestro Dios» y que «un poco de misericordia», prosiguió, podía cambiar también el mundo o, como mínimo, hacerlo «menos frío y más justo».

 

      A partir de esta confesión, se reabría el debate sobre la representación menos inadecuada para hablar de Dios. En el cristianismo contemporáneo existen muchos imaginarios al respecto. Pero hay dos particularmente potentes. Se encuentra, en primer lugar, la idea de un juez que procede implacablemente en conformidad con el cumplimiento, o no, de la ley. El fundamento del mismo lleva a la observancia de los diez mandamientos y a la importancia ineludible de las obras. Es una representación que cuenta con un enorme arraigo y que ofrece, a la vez, una indudable fuerza para configurar la vida, por lo menos, católica, aunque presenta problemas para eludir el riesgo del rigorismo. Pero también existe, en segundo lugar, el imaginario de un Dios acogedor y comprensivo que se vislumbra, por ejemplo, en la parábola del hijo pródigo y en el caso de la mujer sorprendida en adulterio. A diferencia del anterior, en éste el acento no recae sobre la ley, las obras o el temor, sino sobre el reconocimiento de la fragilidad personal y la confianza en un Dios que, percibido como una madre o como un padre comprensivo y acogedor, corre el riesgo de acabar siendo –cuando relega la norma– algo así como una abuela o un abuelo desmedidamente consentidor ante las ’tropelías’ u omisiones de sus nietos.

 

      La posibilidad de un encuentro entre ambas representaciones remite a un viejo y penoso debate que alcanzó uno de sus momentos álgidos en tiempos de Martín Lutero (1483-1546) y que vino acompañado de infinidad de encendidas discusiones porque casi siempre se buscaba disolver en el propio imaginario el alternativo, no concediéndose oportunidad alguna a la articulación de la indudable importancia de las obras (’católicas’) con la no menos innegable centralidad (’luterana’) de la acogida sin contrapartidas.

 

      Francisco, al recuperar la misericordia como el nombre de Dios, retoma los ensayos de aproximación que buscan articular lo mucho y bueno de cada imaginario con el fin de alcanzar otro más integrador o armónico. En efecto, desde la finalización del Vaticano II se viene escuchando que para ser un buen ‘católico’ hay que ser un poco ‘luterano’, es decir, que es preciso reconocer la vida no tanto como una permanente e interminable conquista, sino como un regalo de Dios, una gracia. Las obras no pueden ser realizadas como meros medios para superar el juicio divino o para acallar un insuperable temor, sino como respuesta agradecida al amor antecedente de Dios que es, ante todo y, sobre todo, manos tendidas y brazos abiertos.

Este es el punto que descuidan quienes acusan al actual Papa de hacer el caldo gordo al luteranismo. Y, por supuesto, también se puede escuchar que para ser un buen ‘luterano’ hay que ser un poco ‘católico’, es decir, que el amor gratuito de Dios no justifica, de ninguna manera, indolencia alguna. Y menos, cuando el sufrimiento, la desolación y la muerte antes de tiempo siguen campando por sus fueros.

 

      He aquí el punto crítico del laxismo (irresponsable) que ronda a algunas iglesias luteranas. En definitiva, y parafraseando a San Juan de la Cruz, «al atardecer de la vida» no solo se nos va a examinar «en el amor» (con los luteranos), sino también «del amor» (con los católicos). Por tanto, no es posible renunciar a las obras, cuando menos, como modesta, pero agradecida, respuesta al amor antecedente y descolocante.

 

      En la percepción que Francisco tiene de Dios, el centro ya no lo ocupan ni la gracia ni las obras por separado, sino la misericordia. Y ésta es conjunción de gracia antecedente y de obras consecuentes. Nada que ver con la búsqueda del premio, del legalismo, de la conquista angustiosa o del temor, sino con la respuesta agradecida, a la vez, crítica y comprometida. Reconocer a Dios como misericordia no solo impulsa a descubrir semillas de verdad y bondad en todas las situaciones, más allá de lo irregulares que puedan parecer, sino también a disfrutar de las anticipaciones del final en el tiempo presente y a bajar a los crucificados actuales de sus respectivas cruces. Así percibido, es un imaginario que puede cambiar el mundo o, como mínimo, hacerlo «menos frío y más justo»; además de tender puentes. Si éste es el discurso de quienes acusan a Francisco de ser luterano, yo también lo soy..

 

 


NI DIOS NI AMO

 

Es el lema que, año tras año, preside la txozna que monta la comparsa Hontzak en la Aste Nagusia de Bilbao. Y podemos estar de acuerdo con lo que significa ese lema en la ideología libertaria porque la humanidad no necesita de tutelas arbitrarias y despóticas que coarten su libertad. En esta ocasión no se especifica a qué amo se refiere pero sí se determina de qué Dios se trata porque en lo más alto del decorado colocaron una imagen de Jesús de Nazaret colgado de la cruz. Y eso es lo que a muchos nos ofende y desconcierta ya que, por lo que bien sabemos, a Jesús lo mataron porque el Dios en el que él creía y anunciaba era el que liberaba a los oprimidos, sanaba a los enfermos y ponía en pie a los marginados; así lo creía él y por esa causa apostó toda su vida. Fue por eso por lo que lo torturaron hasta la muerte y de ese cuerpo torturado hacen mofa los miembros de la comparsa troceándolo como si fuera un animal para la venta en una carnicería. Curiosamente, en el mismo decorado se hace campaña en contra de la violencia que se ejerce contra la mujer que sigue siendo tantas veces maltratada y con acierto, se señala con carteles, que “las agresiones verbales también son agresiones”; pero, al parecer de los comparseros de Hontzak, las imágenes y las frases escritas haciendo burla del Cristo crucificado son solo opiniones.

 

            Podían haber hecho mofa del Papa, de los obispos y los curas porque, aunque sea vulgar y repetitivo, siempre se pueden encontrar motivos para ello. Pero ¿reírse de Jesús de Nazaret, ridiculizando su cuerpo crucificado? Los autores de este escarnio tienen que saber que, independientemente de la aceptación o del rechazo de lo que él predicó, la figura de Jesús es universalmente reconocida y valorada como una figura cumbre del humanismo. Algo ha tenido que pasar en la historia de esta comparsa para que reaccionen de forma tan irracional y burda en contra, no de la iglesia católica ni de los cristianos, sino en contra de la muerte en cruz de Jesús representada en esa imagen que tan bellamente pintó Velázquez y que inspiró a D. Miguel de Unamuno unos versos como estos:

 

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío? ¿Por qué ese velo de cerrada noche de tu abundosa cabellera negra de nazareno cae sobre tu frente?

 

 Supongo que el Cristo pensará, de los que tratan de ofenderle ahora, como pensaba de los que le crucificaban entonces, y seguirá proclamando “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen”.

 

Juan Mari Lechosa


El niño británico Charlie Gard

Jesús Martínez Gordo

Catedrático de Teología

No estamos frente a una decisión tipificable como eutanasia, sino ante lo que la Iglesia católica entiende que es una legítima «interrupción de tratamientos onerosos, peligrosos o desproporcionados a los resultados»La extraña enfermedad que padecía Charlie Gard, el enfrentamiento entre sus padres y el equipo médico, la intervención de los poderes judiciales (el británico y el europeo), las propuestas de ayuda (médica y asistencial) de diferentes personas e instituciones y su reciente fallecimiento han sido noticia de primera plana y han suscitado un delicado y muy complejo debate en el que no siempre ha resultado fácil encontrar aportaciones que sean sensatas y serenas.

Este niño británico padecía un síndrome de agotamiento mitocondrial, una rarísima enfermedad genética que provoca, en quien la padece, una parálisis progresiva que le conduce a la muerte. Los médicos del Great Ormond Street (Londres) ensayaron –manteniendo vivo a Charlie con respiración asistida y sonda nasogástrica– diferentes terapias. Ante la imposibilidad de alcanzar un resultado favorable, entendieron que no había solución y que mantenerlo en semejante situación aumentaba su sufrimiento además de provocar un gasto inútil. La gerencia del hospital solicitó permiso al tribunal correspondiente para desconectarlo y para proceder de esta manera a una terapia paliativa. Los padres se opusieron frontalmente. Tras haber activado un complejo proceso judicial, comunicaban el pasado 24 de julio que se había entrado en «un punto de no retorno» y que lamentaban el «muchísimo tiempo malgastado».De entre las numerosas aportaciones habidas sobre esta vivencia tan dramática, retengo la facilitada por R. Massaro. Este joven doctor en teología moral y bioética ofrece tres consideraciones que considero bastante oportunas para la ocasión.¿A quién corresponde decidir cuando, como es el caso, se da un enfrentamiento total entre el parecer de los médicos y la voluntad de los padres? Conviene tener presente, responde R. Massaro, la licitud de recurrir, tal y como indica la Congregación para la Doctrina de la Fe en su ‘Declaración sobre la Eutanasia’, «a los medios puestos a disposición por la medicina más avanzada, aunque se encuentren en fase experimental y no estén libres de todo riesgo» contando, obviamente, con el consentimiento del enfermo. Pero también, apunta a continuación, la consistencia de los dictámenes médicos y las sentencias de la justicia cuando concuerdan en que proseguir con las terapias de soporte vital o intentar ulteriores terapias experimentales sería una forma de obstinación terapéutica.

El magisterio católico defiende, señala R. Massaro, la legitimidad e incluso la necesidad de «interrumpir procedimientos médicos costosos o peligrosos, extraordinarios o desproporcionados».En estas circunstancias, no considero que la voluntad de los padres haya de ser «absolutamente vinculante».

Tampoco me parece incuestionable que «defender la vida física a toda costa sea siempre un bien para el enfermo». Y entiendo que no estamos frente a una decisión tipificable como eutanasia, sino, más bien, ante lo que la Iglesia católica entiende que es una legítima «interrupción de tratamientos médicos onerosos, peligrosos, extraordinarios o desproporcionados a los resultados». Lo que se pretende, en sintonía, una vez más, con el magisterio eclesial, no es «provocar la muerte», sino rechazar «el encarnizamiento terapéutico».

¿Cuándo es lícito, entonces, suspender la terapia? R. Massaro entiende que se ha de responder a esta pregunta teniendo presente tanto la tradicional doctrina sobre la proporcionalidad de medios como las aportaciones más recientes de R. McCormick sobre las decisiones referidas al mantenimiento o apoyo vital de los recién nacidos con graves malformaciones y su potencial relacional. Este jesuita estadounidense sostiene que lo que está en juego no es el incalculable valor de la vida, sino si este incuestionable valor tiene o no potencialidad para subsistir físicamente y, así, participar del más alto de los bienes: disfrutar de la relación con Dios y con el prójimo. Si un neonato no presenta ninguna viabilidad para desplegar tales relaciones, entonces cualquier esfuerzo que se realice por mantenerlo con vida ya no es obligatorio ni tampoco beneficioso para el superior interés del niño. Finalmente, ¿cómo se ha de proceder cuando, como es el caso, se pide recurrir a nuevas terapias que no aseguran ninguna esperanza de cura y no garantizan ningún potencial de relaciones significativas? Un enfermo, en estas condiciones, ¿ha de quedar desatendido? Si la medicina ha fracasado en el tratamiento de Charlie, concluye, no puede y no debe fracasar en procurar todas las posibilidades que le permitan finalizar su existencia terrena de una manera digna. Por eso, se le ha de facilitar que pueda disfrutar del cariño de sus padres, regresar (si fuera posible) a su medio familiar, contar con la oración y cercanía de la comunidad cristiana y ahorrarle, por supuesto, el sufrimiento que sea humanamente posible.



Que los laicos participaran en la elección de los obispos marcaría la renovación de la Iglesia

 

Jesús Martínez Gordo

 

Catedrático en Teología

11 de julio de 2017  

 

"Evitaría la contraprestación por favores recibidos o el reforzamiento de una línea teológica"

 

 Un buen amigo me comunica lo que considera la noticia más importante del último encuentro del Papa con el grupo de nueve cardenales que, celebrada a mediados del pasado mes de junio, le viene asesorando en el proyecto de reforma con el que está comprometido. Según la nota facilitada por Greg Burke, portavoz de la Santa Sede, Francisco quiere hacer una "consulta más amplia" a los laicos, religiosos y religiosassobre los candidatos propuestos para ser nombrados obispos.

 

A la espera de lo que pueda dar de sí jurídicamente, su concreción va a marcar la reforma, todavía pendiente, de la administración vaticana, así como la ansiada renovación de la Iglesia católica. Si por "consulta más amplia" se entiende el incremento del número de personas a las que solicitar su parecer, sin tocar para nada el procedimiento, entonces no ha de extrañar que nos encontremos con quienes concluyan, cargados de razones, que para semejante viaje no hacen falta tantas alforjas. En cambio, si lo que se pretende es mejorar el procedimiento, entonces no quedará más remedio que elegir y nombrar obispos de manera inequívocamente transparente y corresponsable o sinodal.

 

En efecto, sería deseable que en la reforma pendiente se procediera de manera transparente, habida cuenta de que semejante virtud actualmente no existe, por obra y gracia del llamado "secreto pontificio". Y que se tradujera jurídicamente la tan socorrida corresponsabilidad para que deje de ser un buen deseo, al albur de la voluntad del responsable de turno, y pase a convertirse en un procedimiento normalizado de sinodalidad: por ejemplo, Francisco podría aprobar que los diferentes órganos de consejo y gobierno de las diócesis concernidas presenten una terna de posibles candidatos para que él, como sucesor de Pedro, elija uno de entre ellos o, si se prefiere, que tales consejos diocesanos puedan elegir uno de la terna que presente el Vaticano. Si se dieran pasos en esta dirección, entonces nos encontraríamos ante una comprensión ciertamente relevante de lo que es una "consulta más amplia" desde el punto de vista no solo cuantitativo, sino también y, sobre todo, teológico.

 

Y lo sería, no solo porque se incrementaría notablemente el número y la diversidad eclesial de las personas consultadas, sino porque se recuperaría la multisecular intervención de las iglesias locales en la elección de sus respectivos obispos; un protagonismo que hubo de ser retirado por las injerencias y manipulaciones de los poderes políticos y económicos. Además, se abriría una importante vía para comprobar y mostrar, sin trampa ni cartón, qué se entiende por "comunión": acuerdo o, mejor dicho, articulación, en este caso, entre la voluntad mayoritaria (y mejor, si es cualificada) de los cristianos directamente concernidos y la responsabilidad del sucesor de Pedro por garantizar la unidad en lo fundamental, la libertad en lo opinable y siempre, y en todo momento, la caridad.

 

A la luz de esta responsabilidad, el Papa estaría facultado, por ejemplo, para rechazar una terna y solicitar la presentación de una nueva en el caso de que ninguno de los candidatos mostrara el perfil evangélico, inequívocamente exigible, más allá de que las mayorías por las que vinieran avalados fueran absolutas o cualificadas. E, incluso, estaría habilitado para "imponer", en circunstancias excepcionales, y por fidelidad al Evangelio, un obispo, tal y como está sucediendo en la diócesis de Ahiara (suroeste de Nigeria): los sacerdotes, mayoritariamente de la tribu Mbaise, rechazan el nombramiento del obispo E. Okpaleke por pertenecer a la etnia Ibo. Obviamente, es un escandaloso comportamiento cuya resolución pasa por una intervención, directa e inapelable, de Francisco: quien no lo acepte, ha sentenciado, queda suspendido como presbítero. Sin embargo, intuyo que este problema podría haberse evitado o, cuando menos, reconducido de manera menos traumática y no, por ello, menos evangélica, de haber existido la transparencia y la corresponsabilidaden las que también puede cuajar esta llamada "consulta más amplia" que se propone.

 

Las diócesis, por su parte, también podrían rechazar, si no hay -como en el caso reseñado de la iglesia nigeriana- argumentos evangélicos de fondo, las ternas propuestas por la curia vaticana en el caso de que hubieran razonadas sospechas de que en su composición se dieran trazos, por ejemplo, de nepotismo; de contraprestación por favores recibidos; de apuntalamiento o reforzamiento de una línea teológica o pastoral percibida como errónea por los diocesanos o, simplemente, como punitiva.

 

Un procedimiento de este estilo no sería algo inusual. Es lo que sucedió, aunque fallidamente, el año 1988 cuando Juan Pablo II propuso -en aplicación del canon 377 & 1- una terna a la diócesis de Colonia en la que el recientemente fallecido, Mons. J. Meisner, era su candidato indiscutible para presidir dicha iglesia local. El cabildo catedralicio la rechazó por entender que ninguno era idóneo. Y, particularmente, Monseñor J. Meisner.

Solicitó, por ello, la presentación de otra terna, algo a lo que el Papa Wojtyla se negó alegando que, al haber enviado ya una, había cumplido la ley y que no se sentía obligado a presentar otra segunda. Nada que ver con argumentos o razones evangélicas ni con el espíritu pactado de la misma ley. Y sí mucho que ver con la imposición de una línea teológica y pastoral, tal y como llegará a reconocer el mismo arzobispo: "Vds. no me quieren y yo no quería venir, por lo menos partimos de una base común". Y tal y como se pudo comprobar muy pronto y como se ha podido evidenciar, de nuevo, y más recientemente, al alinearse, de manera pública y beligerante, con otros tres cardenales, en contra del actual papa por la publicación de la Exhortación postsinodal Amoris laetitia(2016).

 

Una reforma de este calado en la elección y nombramiento de obispos permitiría, además, superar no solo el modelo actual, en el que se mueven algunos "lobbys" como peces en el agua, sino que evitaría la subsiguiente mimetización de formas de gobierno marcada y desmedidamente unipersonales y muy habituales en no pocas diócesis en favor de otra corresponsable.

 

Basten dos ejemplos a los que se podrían añadir muchos más. Los, hasta el presente, llamados "vicarios", generales o territoriales, dejarían de ser "de los obispos" para serlo "de la diócesis" al tratarse de personas también nombradas acogiendo la voluntad mayoritaria (absoluta o cualificada) de las respectivas iglesias y respetando la responsabilidad episcopal de presidir, normalmente de manera sinodal, la comunidad cristiana. Y otro tanto se podría decir del rector del seminario. En este caso, su nombramiento sería, como se ha venido haciendo hasta no hace mucho en las diócesis del País Vasco, a partir de una terna presentada al obispo por el Consejo del Presbiterio, a la que se podría añadir el parecer del Consejo Pastoral Diocesano.

Envié estas líneas al amigo que me había trasladado el comunicado del portavoz de la Santa Sede. Me respondió, no sin sorna y con indudable afecto: interesante aportación la tuya, pero ¿no te parece que sueñas despierto, a pesar de estar Francisco en la cátedra de Pedro o quizá, precisamente, por ello? Es posible, le contesté a vuelta de correo, pero sigo creyendo, y tengo la corazonada, cada vez menos ingenuamente, de que los sueños y utopías de hoy frecuentemente acaban siendo las evidencias de mañana y que los pragmatismos y los "vuelos rasos" de nuestros días son los pecados (léase, falta de audacia evangélica) de pasado mañana e, incluso, de mucho antes.

 


El amotinamiento de los obispos

 

Jesús Martínez Gordo

Catedrático en Teología

4 de junio de 2107

 

Nominados, la gran mayoría de ellos, para estar al frente de una Iglesia más jerárquica y piramidal que corresponsable o participativa; más moralizante y poseedora de la verdad que dialogante y propositiva; más en la sacristía que en las periferias del mundo; más controladora de los díscolos que atenta a los clamores de los parias y crucificados de nuestro tiempo y más partidaria de las llamadas “verdades innegociables” o de la ley moral natural que de la misericordia evangélica, se encuentran con que el papa Francisco les invita a cambiar de “chip” y a prestar la atención debida a aquello que han ninguneado, e, incluso, combatido. 

 

Y, la verdad, muchos de ellos, no saben qué hacer. Pero otros, vaya que sí: toca esperar, se dicen, a que pase esta “tormenta franciscana” y procurar que no deje huella alguna en el entramado eclesial tan trabajosamente levantado durante los pontificados anteriores. Eso, y, siempre que sea posible, ir colocando, discretamente, palos en la rueda del papa Bergoglio.

 

Sucede que el listado de obstáculos que están poniendo empieza a ser considerable, vinculado al perfil, marcadamente preconciliar, que presentan desde que fueron elegidos por el lobby de turno: incapacidad para liderar, con audacia y entusiasmo, una Iglesia conciliar y para presidir sus respectivas diócesis aunando voluntades e infundiendo un poco de esperanza; sorprendente temeridad para promover modelos periclitados de ser cura o para traerlos de fuera sin la debida inculturación y haciendo la vista gorda ante sus incuestionables, pero superables, lagunas; impulso agónico de reorganizaciones pastorales en defensa de un modelo de presbítero, de parroquia y de liturgia en la UCI y necesitados de una revisión tan radical  y de consecuencias tan determinantes como la que se favoreció en el concilio de Trento;  desinterés por hacerse presente en la sociedad civil y denunciar, sin cortapisas, las lacras de la corrupción, el drama del paro o la xenofobiala existencia de enormes bolsas de pobreza, las mafias de la migración, la xenofobia o para sumarse a lo que hay de cercano al Evangelio, por ejemplo, en muchas iniciativas que se están propiciando en favor de la pacificación y de la reconciliación en cualquier parte del mundo y, más concretamente, en el País Vasco.

 

Algunos de ellos también están teniendo problemas para recibir creativamente la Exhortación postsinodal “Amoris laetitia” (2016) y para asumir públicamente, en sintonía con el magisterio en ella impartido, que los divorciados casados civilmente pueden integrarse de manera plena en las comunidades cristianas. También las están teniendo para acoger con respeto y delicadeza a los homosexuales o para reconocer que en las parejas de hecho hay muchos elementos de santidad y verdad. Y mientras van tomando decisiones de aquel estilo y bloqueando y silenciando las otras, anhelan que este papado pase cuanto antes, a la espera de que aparezca, como agua de mayo, un posible Pío XIII, un Juan Pablo III, un Benedicto XVII o una suma de los tres y que, además de reponer las cosas en su sitio, sea joven.

 

Sin embargo, no las tienen todas consigo. Francisco parece no cansarse de emitir señales que, si bien es cierto que les sumieron en la perplejidad los primeros meses, no lo es menos que les irritan sobremanera desde hace tiempo. Concretamente, ha promovido al cardenalato -algo totalmente excepcional- a cuatro obispos españoles en los cuatro años y pico de su pontificado. El último de ellos, al parecer, como respuesta (aunque no solo) a una especie de “amotinamiento” de prelados, teledirigidos en la sombra por un cardenal emérito que ha desplegado toda su influencia para colocar en la vicepresidencia de la Conferencia Episcopal Española a otro del “antiguo régimen” que tendría que haber sido, según su entender (y el de sus compañeros votantes), cardenal de Madrid y no de Valencia. Con los nuevos nombramientos de cardenales se evidencia que al papa Bergoglio le preocupa, y mucho, que su posible sucesor sea alguien del perfil añorado tanto por las maquinaciones de estos obispos españoles como en las de otros lugares. Y, a la par, que la Iglesia española pueda contar con la posibilidad de ser gobernada por prelados que no sean tan reacios a la renovación o que, por lo menos, se desmarquen, sin temor y netamente, de quienes no renuncian a seguir colocando palos en la rueda de Francisco. Los más versados en semejantes cuestiones entienden que tales decisiones papales obedecen a esta estrategia, aunque no siempre estén de acuerdo con las personas elegidas.

 

Pero, parafraseando el diálogo que Jesús mantuvo con el joven rico, parece estar faltándole a este obispo de Roma, “venido del fin del mundo”, adoptar un par de decisiones que tendrían la virtud de hacer que su pontificado fuera realmente memorable y, en este sentido, casi “perfecto”: cambiar, de una vez por todas, los procedimientos para elegir y nombrar obispos y también para formar parte del colegio cardenalicio.

 

En el primer caso, facilitando que las diócesis pudieran presentar ternas de candidatos a partir de las cuales, él eligiera uno. O, al revés. Y, en el segundo, aceptando que el colegio cardenalicio quedara formado por los presidentes de todas las conferencias episcopales del mundo, dejando abierta la posibilidad de que algunos otros pudieran ser designados personalmente por el sucesor de Pedro.

 

Si así fuera, probablemente surgirían otros problemas, pero nos ahorraríamos estos “amotinamientos” y maquinaciones de palacio que asolan a la Iglesia, incluida la española.

 

Y, por supuesto, a la vasca