ÍNDICE

  • Las cifras de la pederastia en España no cuadran
  • Una carta del Papa Francisco al Pueblo de Dios (20 de agosto de 2018)
  • Carta del III Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña al Papa Francisco
  • Mensaje del Consejo Permanente de la Conferencia Episcopal Francesa

Las cifras de la pederastia en España no cuadran

Cuatro de cada diez religiosas en el mundo han sufrido abusos sexuales a manos de curas y obispos

Eso es lo que afirman rotundamente Doris Wagner y Rocío Figueroa, líderes del #MeToo de las monjas en la Iglesia católica.

 

Agárrate al número, que no se te escape; pero que tampoco te distraiga de la confrontación con la realidad.

 

Para empezar, comencemos por lo más fácil: ¿Cuántos curas y religiosos hay en España? ¿Y monjas?

 

La información de la Conferencia Episcopal Española habla (redondeando las cifras) de unos 27.000 curas y monjes y de unas 66.000 religiosas. Fíjate bien: la cifra de las monjas dobla a la otra cifra.

 

Ahora bien, recuerda los números del titular (4 de cada 10 religiosas...) y haz un cálculo fácil. 

  • O absolutamente todos los curas son violadores de monjas...
  • Pero resulta que quienes hacen la estimación más dura afirman que los abusadores no llegan al 10 %; según otros, ni al 5%...
  • Según este cálculo, resulta que ¡¡¡unos 2.500 sacerdotes estarían abusando de unas 26.000 monjas!!!

Es una de las dudas que se le presentan al conocido teólogo José Ignacio González Faus, y así lo muestra en su Peranálisis


Una carta del Papa para todos, para ti, y para que sepas y actúes también tú

 

«Si un miembro sufre, todos sufren con él» (1 Co 12,26). Estas palabras de san Pablo resuenan con fuerza en mi corazón al constatar una vez más el sufrimiento vivido por muchos menores a causa de abusos sexuales, de poder y de conciencia cometidos por un notable número de clérigos y personas consagradas. Un crimen que genera hondas heridas de dolor e impotencia; en primer lugar, en las víctimas, pero también en sus familiares y en toda la comunidad, sean creyentes o no creyentes. Mirando hacia el pasado nunca será suficiente lo que se haga para pedir perdón y buscar reparar el daño causado. Mirando hacia el futuro nunca será poco todo lo que se haga para generar una cultura capaz de evitar que estas situaciones no solo no se repitan, sino que no encuentren espacios para ser encubiertas y perpetuarse. El dolor de las víctimas y sus familias es también nuestro dolor, por eso urge reafirmar una vez más nuestro compromiso para garantizar la protección de los menores y de los adultos en situación de vulnerabilidad.

 

1. Si un miembro sufre

En los últimos días se dio a conocer un informe donde se detalla lo vivido por al menos mil sobrevivientes, víctimas del abuso sexual, de poder y de conciencia en manos de sacerdotes durante aproximadamente setenta años. Si bien se pueda decir que la mayoría de los casos corresponden al pasado, sin embargo, con el correr del tiempo hemos conocido el dolor de muchas de las víctimas y constatamos que las heridas nunca desaparecen y nos obligan a condenar con fuerza estas atrocidades, así como a unir esfuerzos para erradicar esta cultura de muerte; las heridas “nunca prescriben”. El dolor de estas víctimas es un gemido que clama al cielo, que llega al alma y que durante mucho tiempo fue ignorado, callado o silenciado. Pero su grito fue más fuerte que todas las medidas que lo intentaron silenciar o, incluso, que pretendieron resolverlo con decisiones que aumentaron la gravedad cayendo en la complicidad. Clamor que el Señor escuchó demostrándonos, una vez más, de qué parte quiere estar. El cántico de María no se equivoca y sigue susurrándose a lo largo de la historia porque el Señor se acuerda de la promesa que hizo a nuestros padres: «Dispersa a los soberbios de corazón, derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,51-53), y sentimos vergüenza cuando constatamos que nuestro estilo de vida ha desmentido y desmiente lo que recitamos con nuestra voz.

 

Con vergüenza y arrepentimiento, como comunidad eclesial, asumimos que no supimos estar donde teníamos que estar, que no actuamos a tiempo reconociendo la magnitud y la gravedad del daño que se estaba causando en tantas vidas. Hemos descuidado y abandonado a los pequeños. Hago mías las palabras del entonces cardenal Ratzinger cuando, en el Via Crucis escrito para el Viernes Santo del 2005, se unió al grito de dolor de tantas víctimas y, clamando, decía: «¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! [...] La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón. No nos queda más que gritarle desde lo profundo del alma: Kyrie, eleison – Señor, sálvanos (cf. Mt 8,25)» (Novena Estación).

 

2. Todos sufren con él

La magnitud y gravedad de los acontecimientos exige asumir este hecho de manera global y comunitaria. Si bien es importante y necesario en todo camino de conversión tomar conocimiento de lo sucedido, esto en sí mismo no basta. Hoy nos vemos desafiados como Pueblo de Dios a asumir el dolor de nuestros hermanos vulnerados en su carne y en su espíritu. Si en el pasado la omisión pudo convertirse en una forma de respuesta, hoy queremos que la solidaridad, entendida en su sentido más hondo y desafiante, se convierta en nuestro modo de hacer la historia presente y futura, en un ámbito donde los conflictos, las tensiones y especialmente las víctimas de todo tipo de abuso puedan encontrar una mano tendida que las proteja y rescate de su dolor (cf. Exhort. ap. Evangelii gaudium, 228). Tal solidaridad nos exige, a su vez, denunciar todo aquello que ponga en peligro la integridad de cualquier persona. Solidaridad que reclama luchar contra todo tipo de corrupción, especialmente la espiritual, «porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito: el engaño, la calumnia, el egoísmo y tantas formas sutiles de autorreferencialidad, ya que “el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz (2 Co 11,14)”» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 165). La llamada de san Pablo a sufrir con el que sufre es el mejor antídoto contra cualquier intento de seguir reproduciendo entre nosotros las palabras de Caín: «¿Soy yo el guardián de mi hermano?» (Gn 4,9).

 

Soy consciente del esfuerzo y del trabajo que se realiza en distintas partes del mundo para garantizar y generar las mediaciones necesarias que den seguridad y protejan la integridad de niños y de adultos en estado de vulnerabilidad, así como de la implementación de la “tolerancia cero” y de los modos de rendir cuentas por parte de todos aquellos que realicen o encubran estos delitos. Nos hemos demorado en aplicar estas acciones y sanciones tan necesarias, pero confío en que ayudarán a garantizar una mayor cultura del cuidado en el presente y en el futuro.

 

Conjuntamente con esos esfuerzos, es necesario que cada uno de los bautizados se sienta involucrado en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos. Tal transformación exige la conversión personal y comunitaria, y nos lleva a mirar en la misma dirección que el Señor mira. Así le gustaba decir a san Juan Pablo II: «Si verdaderamente hemos partido de la contemplación de Cristo, tenemos que saberlo descubrir sobre todo en el rostro de aquellos con los que él mismo ha querido identificarse» (Carta ap. Novo millennio ineunte, 49). Aprender a mirar donde el Señor mira, a estar donde el Señor quiere que estemos, a convertir el corazón ante su presencia. Para esto ayudará la oración y la penitencia. Invito a todo el santo Pueblo fiel de Dios al ejercicio penitencial de la oración y el ayuno siguiendo el mandato del Señor,[1] que despierte nuestra conciencia, nuestra solidaridad y compromiso con una cultura del cuidado y el “nunca más” a todo tipo y forma de abuso.

 

Es imposible imaginar una conversión del accionar eclesial sin la participación activa de todos los integrantes del Pueblo de Dios. Es más, cada vez que hemos intentado suplantar, acallar, ignorar, reducir a pequeñas élites al Pueblo de Dios construimos comunidades, planes, acentuaciones teológicas, espiritualidades y estructuras sin raíces, sin memoria, sin rostro, sin cuerpo, en definitiva, sin vida[2]. Esto se manifiesta con claridad en una manera anómala de entender la autoridad en la Iglesia —tan común en muchas comunidades en las que se han dado las conductas de abuso sexual, de poder y de conciencia— como es el clericalismo, esa actitud que «no solo anula la personalidad de los cristianos, sino que tiene una tendencia a disminuir y desvalorizar la gracia bautismal que el Espíritu Santo puso en el corazón de nuestra gente».[3] El clericalismo, favorecido sea por los propios sacerdotes como por los laicos, genera una escisión en el cuerpo eclesial que beneficia y ayuda a perpetuar muchos de los males que hoy denunciamos. Decir no al abuso, es decir enérgicamente no a cualquier forma de clericalismo.

 

Siempre es bueno recordar que el Señor, «en la historia de la salvación, ha salvado a un pueblo. No existe identidad plena sin pertenencia a un pueblo. Nadie se salva solo, como individuo aislado, sino que Dios nos atrae tomando en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que se establecen en la comunidad humana: Dios quiso entrar en una dinámica popular, en la dinámica de un pueblo» (Exhort. ap. Gaudete et exsultate, 6). Por tanto, la única manera que tenemos para responder a este mal que viene cobrando tantas vidas es vivirlo como una tarea que nos involucra y compete a todos como Pueblo de Dios. Esta conciencia de sentirnos parte de un pueblo y de una historia común hará posible que reconozcamos nuestros pecados y errores del pasado con una apertura penitencial capaz de dejarse renovar desde dentro. Todo lo que se realice para erradicar la cultura del abuso de nuestras comunidades, sin una participación activa de todos los miembros de la Iglesia, no logrará generar las dinámicas necesarias para una sana y realista transformación. La dimensión penitencial de ayuno y oración nos ayudará como Pueblo de Dios a ponernos delante del Señor y de nuestros hermanos heridos, como pecadores que imploran el perdón y la gracia de la vergüenza y la conversión, y así elaborar acciones que generen dinamismos en sintonía con el Evangelio. Porque «cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura del Evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión, signos más elocuentes, palabras cargadas de renovado significado para el mundo actual» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 11).

 

Es imprescindible que como Iglesia podamos reconocer y condenar con dolor y vergüenza las atrocidades cometidas por personas consagradas, clérigos e incluso por todos aquellos que tenían la misión de velar y cuidar a los más vulnerables. Pidamos perdón por los pecados propios y ajenos. La conciencia de pecado nos ayuda a reconocer los errores, los delitos y las heridas generadas en el pasado y nos permite abrirnos y comprometernos más con el presente en un camino de renovada conversión.

 

Asimismo, la penitencia y la oración nos ayudará a sensibilizar nuestros ojos y nuestro corazón ante el sufrimiento ajeno y a vencer el afán de dominio y posesión que muchas veces se vuelve raíz de estos males. Que el ayuno y la oración despierten nuestros oídos ante el dolor silenciado en niños, jóvenes y minusválidos. Ayuno que nos dé hambre y sed de justicia e impulse a caminar en la verdad apoyando todas las mediaciones judiciales que sean necesarias. Un ayuno que nos sacuda y nos lleve a comprometernos desde la verdad y la caridad con todos los hombres de buena voluntad y con la sociedad en general para luchar contra cualquier tipo de abuso sexual, de poder y de conciencia.

 

De esta forma podremos transparentar la vocación a la que hemos sido llamados de ser «signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano» (Conc. Ecum. Vat. II, Const. dogm. Lumen gentium, 1).

 

«Si un miembro sufre, todos sufren con él», nos decía san Pablo. Por medio de la actitud orante y penitencial podremos entrar en sintonía personal y comunitaria con esta exhortación para que crezca entre nosotros el don de la compasión, de la justicia, de la prevención y reparación. María supo estar al pie de la cruz de su Hijo. No lo hizo de cualquier manera, sino que estuvo firmemente de pie y a su lado. Con esta postura manifiesta su modo de estar en la vida. Cuando experimentamos la desolación que nos produce estas llagas eclesiales, con María nos hará bien «instar más en la oración» (S. Ignacio de Loyola, Ejercicios Espirituales, 319), buscando crecer más en amor y fidelidad a la Iglesia. Ella, la primera discípula, nos enseña a todos los discípulos cómo hemos de detenernos ante el sufrimiento del inocente, sin evasiones ni pusilanimidad. Mirar a María es aprender a descubrir dónde y cómo tiene que estar el discípulo de Cristo.

 

Que el Espíritu Santo nos dé la gracia de la conversión y la unción interior para poder expresar, ante estos crímenes de abuso, nuestra compunción y nuestra decisión de luchar con valentía.

 

Vaticano, 20 de agosto de 2018

 

Francisco

 

[1] «Esta clase de demonios solo se expulsa con la oración y el ayuno» (Mt 17,21).

[2] Cf. Carta al Pueblo de Dios que peregrina en Chile (31 mayo 2018).

[3] Carta al Cardenal Marc Ouellet, Presidente de la Pontificia Comisión para América Latina (19 marzo 2016).

Carta del III Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña al papa Francisco

Querido hermano Francisco:

 

En este momento de dura prueba queremos hacerte sentir nuestra cercanía y apoyo porque sabemos de tu fidelidad al Evangelio de Jesús. Decirte que tu propuesta de una iglesia pobre para los pobres es también nuestra búsqueda y compromiso.

 

Amerindia, en su recorrido de cuarenta años en el continente, busca hacer presente los desafíos esenciales del Concilio Vaticano II y el magisterio latinoamericano desde una teología liberadora. En el Tercer Congreso Continental de Teología Latinoamericana y Caribeña estamos reunidos mas de seiscientos participantes teólogos, teólogas y cristianos comprometidos en diversas aéreas de la vida social y eclesial para profundizar los 50 años de Medellin y su actualización hoy.

 

Estas tierras son testigo de la profecía y el martirio como consecuencia del seguimiento de Cristo en la búsqueda de la justicia y la opción preferencial por los pobres, como lo atestigua Mons. Romero, los y las mártires de la UCA y tantos otros. Desde este contexto leemos esta “hora tuya” y por ello creemos y afirmamos que la sangre martirial es semilla de vida y esperanza. Somos conscientes que una nueva primavera está despuntando en la Iglesia y acontece en la complejidad de los procesos transformadores. 

 

En estos tiempos de celebración de los 50 años de Medellín bajo el faro potente del Vaticano II y el gran movimiento que concibió esta segunda Conferencia, emerges como un genuino hijo de esta Iglesia.

 

Sabemos que tu fidelidad evangélica implica discernimiento y el coraje de la denuncia profética, abrazo entrañable a los desheredados de la tierra y víctimas de la crueldad humana, dentro y fuera de la Iglesia.

 

Como hijas e hijos, hermanas y hermanos  te acompañamos plenamente y asumimos la corresponsabilidad que esto representa, pidiendo  puedas llevar adelante  la obra que Dios te confía.

 

“Los clamores de los pobres y de la tierra nos interpelan” a 50 años de la Conferencia de Medellín – El Salvador 30 de agosto al 2 de setiembre de 2018

Mensaje del Consejo Permanente de los Obispos franceses al Pueblo de Francia

Siguiendo el mensaje del Papa Francisco dirigido a todos los católicos el 20 de agosto, los obispos reunidos para el primer Consejo Permanente de septiembre de este año dirigen un mensaje al pueblo de Dios que es Francia.

 

Desde hace varios meses, nuestra Iglesia ha sido severamente probada.

 

Laicos , clérigos, consagrados, estamos profundamente afectados por las revelaciones de abuso que están surgiendo en todo el mundo y en nuestro país. Ante el sufrimiento imprescriptible de las víctimas y sus seres queridos, estamos tristes y avergonzados.

 

Nuestros pensamientos se dirigen primero a aquellos que han robado su infancia, cuyas vidas han sido marcadas para siempre por actos atroces.

Los creyentes y los incrédulos pueden encontrar que las acciones de algunos de ellos afectan a toda la Iglesia, ya sean actos delictivos o silencios culpables.

Todos nosotros sufrimos esta sospecha que concierne a toda la Iglesia y los sacerdotes.

 

En este desorden compartido, afirmamos que nuestra lucha contra todos los abusos debe continuar sin cesar y que nuestra estima y afecto por los sacerdotes de nuestra Iglesia permanecen intactos. Los obispos queremos reiterar nuestro apoyo a los sacerdotes de nuestras diócesis y hacer un llamamiento a todos los fieles para que muestren su confianza.

 

El Papa Francisco envió una carta el 20 de agosto a todos los católicos de todo el mundo. Él se compromete a una "participación activa de todos los componentes del pueblo de Dios" para detener el flagelo de la pedofilia. Haciendo eco de esta palabra, invitamos a todas las comunidades, a todos los fieles, a leer esta carta cuidadosamente, a estudiarla seriamente, a ver cómo implementarla. Llamamos a cada persona bautizada, independientemente de su responsabilidad en la Iglesia, a participar "en la transformación eclesial y social que tanto necesitamos". Es a través del compromiso y la vigilancia de todos que lograremos superar esta calamidad de abuso en la Iglesia.

 

En Francia, la Iglesia está comprometida con gran determinación en esta lucha contra el abuso y especialmente contra la pedofilia. Con humildad, reconocemos que esta lucha siempre se intensifica, requiere atención inquebrantable y una conversión permanente de mentalidades. El sufrimiento de las víctimas de abuso es hoy la primera de las consecuencias que deben tenerse en cuenta frente a este flagelo. Afirmamos firmemente que escuchar la historia de las víctimas nos trastornó y transformó profundamente. Estamos convencidos de que su escucha y el trabajo realizado con ellos nos ayudará a luchar contra la pedofilia y a encontrar nuevas formas de prevención, especialmente entrenando a los diferentes actores con los jóvenes. Es en este espíritu que, en nuestro próximoreunión plenaria en Lourdes, deseamos dar la bienvenida y escuchar a las víctimas.

 

La crisis que enfrenta hoy la Iglesia Católica, el profundo desorden en el que muchos fieles y clérigos se hunden, es una invitación a trabajar en el lugar correcto de cada uno. Después de la repetida apelación del Papa, lo invitamos a trabajar en esta cuestión de autoridad donde sea que ocurra en la Iglesia. Juntos, en el espíritu de una comunión genuina, debemos asegurarnos de que todos sean plenamente responsables.

 

En estas pruebas que nos llegan, obispos, con fuerza y humildad, recurrimos a la fe de cada uno. Es Cristo quien es nuestra Roca. Él nos prometió que nunca nos fallaría. Le llamamos esto: "Estén siempre listos para dar cuenta de la esperanza que hay en ustedes" (1P 3,16)