Una Iglesia en salida desde y hacia el Evangelio tendría que revisar todas las expresiones de boato y ritos.

 

 

Nicolas Castellanos

Todo es discernible, pero sin entrar en contextos estériles de polemización de cuestiones menores. Un árbol no debe impedir contemplar todo el bosque. Estamos ante un problema global, general. Aquí está por el medio un tema de fondo que analiza con maestría mi maestro José María Castillo: ¿Religión o Evangelio? Esa es la cuestión.

La religión exige mediaciones, ritos, rituales, ceremonias, boato…, de alguna manera, para deslumbrar poder y poderío. En la línea de la religión la Iglesia adoptó la parafernalia del imperio romano. Dos ejemplos, el manipulo que usaba el sacerdote para celebrar la Eucaristía, ya desaparecido, lo llevaban los emperadores romanos. La capa pluvial, usada en las procesiones por los sacerdotes, fue copiada de la capa que llevaban los emperadores cuando llovía.

Mi pregunta es, ¿por qué la Iglesia ha aprendido y asumido más del Imperio Romano que de las democracias modernas? Por supuesto, si seguimos a Jesús en el Evangelio, todas esas solemnidades rodeadas de boato, magnificencia, no tienen sentido. No caben en el Evangelio. Jesús es aclamado Rey, subido en una pollina. Jesús asume el oficio de los esclavos, lavando los pies a los apóstoles. Ese era un oficio de esclavos.

Entonces una Iglesia en salida desde y hacia el Evangelio, tendría que revisar todas las expresiones de boato, ritos, rituales. No se puede reducir todo a suprimir la mitra, eso sería un parche, no cambiaría las cosas. Es mejor aproximarse al Evangelio de Jesús, como hace el obispo de Roma, Francisco.

Ya veis lo que le está costando al sucesor de Pedro y los adversarios que está encontrando. Crear una polémica por un aspecto secundario, como es la mitra, creo que no procede, sobre todo, cuando Francisco está implicado en reformas profundas. No vale la pena distraerse con algo secundario. Hay que superar en la Iglesia esa psicosis de polemizarlo todo y más bien con serenidad, buscar consensos y aplicar aquel principio de inspiración agustiniana asumido por el Concilio Vaticano II: Unidad en lo esencial, en la duda libertad y en todo caridad. 

El 16 de noviembre de 1965, poco antes de concluir el Vaticano II, cuarenta obispos reunidos en las catacumbas de Santa Domitila, liderados por Helder Cámara, firmaron “el pacto de las catacumbas”. De las trece opciones del pacto, las dos primeras afirmaban vivir como nuestra gente en comida, vestido y locomoción y renunciar a toda apariencia o realidad de riqueza, vestimenta o metales preciosos.

Pedro Casaldáliga suprimió la mitra. Ese sería el camino, desaparecer sin polémica. Yo nunca usé el solideo, ni capisayos rojos. Entonces, creo que no vale la pena polemizar en torno a la mitra. Que su supresión sea fruto de una revisión a fondo de todo aquello que no es evangélico y debe desaparecer por anacrónico y porque no dice nada a las generaciones modernas y posmodernas. Lo importante son las grandes reformas que está acometiendo Francisco. Con todo, yo respeto otras opciones y opiniones