"Estamos asistiendo a la superación del estancamiento que arrastra la Iglesia desde la Ilustración"

 

José María Castillo

La decisión del papa Francisco, según la cual las personas homosexuales pueden contraer matrimonio civil, ya que el Derecho Canónico (can. 1055) define el mencionado matrimonio como “el consorcio de un hombre y una mujer para toda la vida”, ha sido una de las grandes noticias del momento, en un mundo tan agitado de noticias sensacionales, como estamos viviendo. 

 

 

Como es lógico, ha interesado sobre todo a las personas homosexuales. Pero, si este asunto se piensa más despacio, podemos y debemos decir que estamos viviendo un acontecimiento que trasciende el problema de la homosexualidad. Eso, por supuesto. Pero no sólo, ni principalmente, eso. Sin exageración ninguna, podemos asegurar que estamos asistiendo a la superación del estancamiento que arrastra la Iglesia desde que, en el s. XVIII, quedó superada por la Ilustración. 

 

 

En efecto y aunque parezca mentira, la Iglesia quedó marginada, en la sociedad y en la cultura moderna, desde el acontecimiento de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1789-1791). Declaración a la que el papa Pío VI se opuso de manera tajante, el 29 de marzo de 1790, en una asamblea de cardenales, en la que el papa afirmó que los derechos humanos eran un ataque y una herida que se le hacía a la religión y a los derechos de la Santa Sede. Y así se mantuvo firme el papado desde Pío VI, en 1790, hasta Pío X, en 1906. Luego vino la formulación del Derecho Canónico, como he dicho. Más aún, cuando el día 10 de diciembre de 1948 se firmó en Roma la declaración universal de los “Derechos Humanos”, Pio XII, pocos días después, pronunció un discurso, dirigido a toda la humanidad, en el que habló de los grandes acontecimientos del año, pero ni mencionó los “Derechos Humanos”.

 

 

La primera consecuencia, que ha tenido todo esto, es que ésta es la hora en que el Estado de la Ciudad del Vaticano no ha podido firmar – a estas alturas y después de tantos años – la Declaración Universal de los Derechos Humanos. Y lo primero que se le ocurre a cualquiera es pensar: una institución que no puede firmar los Derechos Humanos, ¿con qué autoridad puede predicar el amor mutuo y universal como el primer y máximo mandamiento que nos dejó el Señor Jesús en su Evangelio?  Esto, ante todo.

 

Pero hay, en todo esto, algo que es mucho más grave. Algo que la teología cristiana no ha tomado en serio. Me refiero al Misterio de la Encarnación. Que es el acontecimiento de la Humanización de Dios. Decir que Dios se encarnó en Jesús es decir que “lo divino” se fundió con “lo humano”. Hasta tal punto y tal extremo que, según los Evangelios, cuando llegue el acontecimiento del juicio definitivo, en realidad y como se dice que afirmó K. Rahner, tal juicio será un “juicio ateo”. Porque a nadie le van a preguntar si hizo o dejó de hacer tal cosa por Dios, sino que se nos dirá: “Lo que hicisteis a uno de estos, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Más aún, cuando Jesús se despidió de los discípulos, les dio “un mandamiento nuevo” (Jn 13, 34-35). Que se quisieran unos a otros. ¿En qué estaba la novedad de este mandado definitivo? En que ni se menciona a Dios. 

 

 

Termino con una pregunta que obliga a pensar: Si lo más importante y decisivo es que nos amemos unos a otros, ¿es que lo que deciden en Roma los altos cargos de la Curia, eso va a tener más importancia, más peso y más valor que lo más elemental y básico del amor, que es aceptar y vivir la igualdad de todos en nuestros derechos más comunes, básicos y elementales?